sábado, 12 de noviembre de 2011

¿Quién limita al sur con mi esperanza?

Cuéntame un par de cuentos que me calmen, es lo que hacía yo conmigo. Dime que todo es mentira, que sólo quedan viajes de ida y vuelta y que a ti se te olvidaron las maletas. O deléitame con tus trampas. Inventa para mí los sueños que nunca serán nuestros, dile al portero que vas a quedarte hasta el final porque se han fundido las bombillas y nos asfixia el olor a despedida. 
Pídeme otra canción al final del concierto, firma conmigo algún armisticio adulterado y pongamos fin, al menos por un rato, a tanta decepción. Regálame adjetivos suntuosos y mírame con apetito, que me gusta creer que te estimulo. Bajemos el telón y digamos adiós a los actores, cadena perpetua para el apuntador y censura permanente a tus guiones. Oxigéname las venas con música de cañerías, tatúame en la espalda tu silencio y fingiré que no me duele. 
Aprenderé a quererte en el poco tiempo libre que me deja esta enajenación voluntaria, pero no me exijas más demostraciones. Sabes que siempre me gustó actuar, que no me incomodan las miradas traidoras si estamos a oscuras. Pero que me ciega la luz de sus pérfidas palabras, porque en ellas he dormido y estoy herida de muerte.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Solo es humo su recuerdo entre latas de cerveza, la tristeza es infinita en sus ojos de gacela.

Lo admito, me resisto a abandonarnos. He vuelto -quizá nunca dejé de hacerlo- a buscar ansiosa tus huellas, que son surcos en mi suerte, como busqué tus brazos y esquivé tus certezas cuando aún era posible. Estoy diseñando, a base de errores, una táctica infalible capaz de vencer recuerdos indolentes; recuerdos entre los que te encuentro si me dejo sobornar por tristezas que hoy quieren ser mías. Abordo a desconocidos, les cuento, por ejemplo, que un día decretamos la paz y fue mentira, que quisimos poner nombre a todo lo que no estaba inventado; que tú decías que también en eso fracasamos. Pero que yo no me lo creo. Enumero ante ellos cientos de motivos, no soporto que piensen que sólo había una opción y que era ésta. Les aseguro que en todas las paradas de autobuses he escrito tu nombre al revés, porque me gusta así, porque parece el de un medicamento. Y preguntan que si quiero recetarte a todo el mundo; y no saben que no van a encontrarte como yo. He escrito noventa y dos cartas sin remite ni culpa a tu antigua dirección: una por cada domingo sin tu risa como única recompensa. Tras largos soliloquios, algunos se atreven a decir que irán a por ti; esos son los más ingenuos, no entienden que yo sólo te encontré, que no quise buscarte. Que tampoco perderte. Y les miento continuamente. Proclamo que ya no te extraño. Y les prometo que no existes. Pero a mí se me olvida creerlo.


Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Otras veces - Ángel González

domingo, 16 de octubre de 2011

"Soy del color de tu porvenir", me dijo el hombre del traje gris.

Esta insidiosa frontera convenida nos recuerda, impía y desalmada, que somos sólo nosotros responsables de un sinfín de crónicos límites y limitaciones. Que este clan de traidores por el que nos movemos dejando pasar la vida tiene más deudas con la tierra que entre sí -y ya es difícil. Que, seguramente fruto de alguna ley divina y, por tanto, más que fiable; nos sabemos señores de todo cuanto podemos ver. Y, como intuición y agudeza sólo faltan si hablamos de altruismo; también nos sabemos dueños de todo aquello que no vimos, ni vemos ni, mucho me temo, tampoco vamos a ver. Nuestra escala de valores provocaría, cuando menos, dolor de estómago y un par de carcajadas a aquellos que, por obra y gracia de Mercator, viven más abajo. Y no sólo en los mapas. Porque el ser humano, ese conglomerado de sobresaliente genética y alta dosis de suerte, dejó paso a una nueva rama de la especie. Los que confiamos en poder comer hasta la saciedad y nos permitimos el lujo de castigar nuestra gula; los que conocemos lugares con los que nuestros abuelos siquiera soñaron; los que vivimos de prestado creyendo que aún nos deben algo; los que reivindicamos derechos sin hacer bien los deberes; los diferentes; todos los que, hipócritas, proclamamos estar al margen de esta mierda.



No habrá revolución, es el fin de la utopía
que viva la bisutería.
Y uno no sabe si reír o si llorar
viendo a Trotsky en Wall Street fumar la pipa de la paz.

El muro de Berlín - Joaquín Sabina

miércoles, 5 de octubre de 2011

Después de tanto tiempo me harté de esperarte y se cayó el letrero.

El título endiablado de las victorias pasadas y un par de madrugadas sin aval ni recibo nos devuelven, cada vez más a deshora, secuelas de alguna que otra infamia por la que nadie apostó. Quizá fallamos cuando, sin alianzas ni convenios de por medio, decidimos alquilarnos por un módico precio, usarnos, destrozarnos, devolvernos y olvidar la dirección. Puede ser, también, que guardar la copia de la llave del trastero que me facilita el sueño y te acerca a todo esto que nunca llevará tu firma sea el peor de los remedios. O la más grata de las enfermedades.

No quiero creer que llegará el día en que descubran cómo funciona este sucio e indómito engranaje que más tarde que pronto nos mezcla entre dientes y piñones y nos transmite una fuerza inusitada. No dejo de aceptar que tú y yo jamás querremos entender el mecanismo, que preferimos la comodidad de la distancia congénita o que descartamos hace tiempo desafiar lo inapelable. Que no sabemos dónde estamos pero sí dónde no vamos a estar, que no pensamos jugarnos ni los restos por un destino tan común como ficticio. 



Puede que todo siga igual.
También puede que no sea así
y encuentres el mercurio
de mi voz empapando tu contestador,
y florezcan los olivos en el valle de Hebrón.
Puede que te queme el hielo,
o la luz del televisor.
Una posibilidad existe
de que amanezcas conmigo
y los cañones se oxiden.

Principio de incertidumbre - Ismael Serrano

martes, 6 de septiembre de 2011

Qué vacío deja la ansiedad.

El verano es una estación triste en la que nada crece. 
Quién no prefiere el mes de diciembre pese a la amargura que provoca la felicidad ajena;
 incluso la establecida crueldad de abril es mil veces más estimulante.

Cuatro amigos - David Trueba



Nunca se me dieron bien las despedidas. Y no por un exceso de sentimentalismo o de tristeza; sino más bien por mi acusada carencia de lo normativamente válido en el ámbito de los finales. Septiembre se ha instalado ya hace un par de desazones y aún no me siento capaz de reprocharle lo mucho que me excita saberme siempre a punto de algún comienzo ordinario, descubrir lo conocido confiando todavía en quiénes ya desertaron o tentar al otoño desde el acotado refugio del afecto.

Será que mi viaje preferido sigue siendo el de vuelta: las horas encontradas en el ficticio recuento de palabras y rostros paliativos, el peso inútil de todo cuanto nos empeñamos en poseer; conscientes siempre de lo poco que nos queda cuando se empeña el tiempo en su consabida victoria. Será, también, que la única contrariedad del viaje es no saber qué dirección darle al taxista cuando algún aeropuerto te escupe con rabia a la vida. O que en todos los desembarcos me embiste con fuerza el golpe amargo de la nostalgia aprendida de memoria; ésa que, aun inventada, en dosis pequeñas compensa lo poco que me gusta esclarecerme.



Direcciones imposibles. Santiago.

domingo, 28 de agosto de 2011

Si mis ambigüedades electivas no te hubiesen tenido como saldo de afirmación o excusa.

Te contaría cómo transcurre este fútil sucedáneo de lo que otros llaman vida, cómo nos movemos en círculos cada vez más estrechos; cada vez más distantes. Te diría cuánto estoy dispuesta a dar por no tener que exhibirme mañana ante esta realidad siempre al acecho o cuánto cobran los anhelos de aquellos por parecer un rato propios. Intentaría explicarte, abusando de expresiones y desaires, que vendrá el otoño, que nos curará el verano y que serán de plomo los kilómetros; que nos helarán las ganas y no encontraremos el camino.

Además, te exigiría el pago de un par de cuentas pendientes: extrañarnos, encontrarnos, abrazarnos bajo el reloj a deshora de algún andén intolerante. Echaríamos a cara o cruz la culpa y la resistencia. Nos serviría de abrigo cualquier fraude a dos tiempos. Viviríamos a caballo entre mi realidad y tu certeza, allí donde nunca he podido mirarte a los ojos. Si fuera posible, también trataríamos de curarnos hematomas recientes nacidos de alguna noche imprecisa. Incluso, rebosando ya en el vaso la cordura, querríamos borrar cicatrices veteranas; la única prueba legítima de que no todo pasa porque sí ni tiene tampoco motivación lógica alguna.

Y, conociéndonos, habríamos viajado ya a Hong Kong sin movernos del sofá y estaríamos dispuestos a volar en parapente hasta Baviera. Nos sonreiríamos con la misma afinidad que muere los lunes a la hora de la cena. Nos dejaríamos tres líneas en sucio pegadas a la nevera, resoplaríamos cuando nos tocase tirar la basura. Maldeciríamos las tardes de domingo con esta razón sin fundamento que nos mata.

Recordaríamos al mundo cuánto nos dejó a deber aquella noche. Ignoraríamos su silencio cabal: el de las largas mañanas de agosto. Nos quejaríamos tan fuerte que abortaríamos el mejor de nuestros planes y nos estremecería el recuerdo crepuscular de los veranos en desuso; sin más aliciente que el extraño cosquilleo entusiasta que aún me sorprende con relativa frecuencia.



Nunca pisa la batalla tanto ruido de guerreros,
traen de sus almenas la paz de los cementerios.
Háblame de tus abrazos, de nuestro amor imperfecto,
de la luz de tu utopía, que tu voz tape este estruendo.


Si se callase el ruido - Ismael Serrano

viernes, 19 de agosto de 2011

Manual de instrucciones para cercenar por lo sano el desamparo.

Tú y yo hemos diseñado una guía particular de viajes: tenemos -cada uno- un sinfín de rutas que corren paralelas y, aunque lleguen a la misma terminal, nunca lo hacen a la misma hora. Nos hemos comprometido, sin acuerdos firmados de por medio, a cedernos el paso en los posibles cruces; a no entrar a la vez en las rotondas ni usar jamás el claxon. Además, en los próximos nueve mil ciento veintinueve años yo iré al supermercado los lunes, tú los viernes; yo descansaré los sábados para que puedas campar a tus anchas por esta ciudad con pretensiones y veranearé la segunda quincena de julio, mientras que tú elegirás la primera de septiembre acosando hasta la intimidación los treinta y un días de un agosto que molesta e importuna. 

Tampoco habrá peligro en las multitudinarias celebraciones de diversa índole: para ti quedan reservadas las finales de cualquier campeonato deportivo, los viernes de feria en un radio de 150 kilómetros, el primer y último día de piscina y los restaurantes caros. Yo optaré por conferencias y coloquios, sábados, mañanas en el agua y paseos de 8 a 11. Quedan rigurosamente prohibidos conciertos, heladerías y bancos a las afueras; con o sin compañía.

Pese a este entramado de vetos y mandatos, los primeros pasos no serán fáciles; supongo -no es tan extraño- que coincidiremos a menudo al repostar, empujados hasta allí por una especie de inercia redentora: yo preferiré disimular dedicando un rato exagerado a los paquetitos de gominolas mientras tú, veloz y sigiloso, dejarás el dinero en el mostrador y olvidarás recoger la vuelta. Segundos después yo repetiré religiosamente la misma operación y cuando apenas hayan pasado unas semanas las bolsas de Haribo no dejarán ver el asiento de al lado. Acabará por ser el mejor de los remedios ante tanto abandono.

Durante el periodo de adaptación -calculo dos, quizá tres meses- lo más complicado será distribuir sin clemencia alguna compañeros de viaje que no vamos a compartir y despiezar los restos intentando no tocar cartílagos ni nervios, conservando alguna porción comestible. 

Cuando pasen los años, el peso de los equívocos parecerá hasta liviano y nos estaremos recuperando con más o menos suerte de un par de encontronazos fulminantes; aun sabiendo que en cuestión de desarraigos voluntarios el retorno de las tropas es algo más que probable.



Si vuelves a pensar en mi
ya no estaré cubriendo aquella ruta
ni haré una hoguera con tu corazón.

Si vuelves a pensar en mi
si pienso en ti como en ninguna
te quedarías con la duda también.

Noches más duras
han de venir
 
riesgo y altura 
[...]




Riesgo y altura - Quique González

domingo, 14 de agosto de 2011

Pretendemos, con abolidos rostros, fechas caducadas, ciudades imposibles, contestar una vieja pregunta.

Yo, que tanto te busqué en las tormentas normativas del domingo, que te he llorado en más de cien apeaderos y he jurado en nombre de otros estrofas nunca escritas para poder salvarte. Yo, que hasta me dejé vencer en batallas que nunca disputamos y quise cubrirte de medallas para contarme algún motivo creíble, formé parte sin quererlo de un plan que tú tampoco ideaste; de una lisiada brigada de buenos actores y pésimos aliados. 
Ni siquiera entre nosotros pudimos disparar de frente, aniquilarnos, alzarnos -cualquiera- en nombre del futuro que ahora sé que no será. O quizá torturarnos como si nunca antes lo hubiéramos hecho de memoria, caminar inexorablemente hasta hoy con cierta equidad: por ejemplo, odiándonos de forma parecida u olvidando a una velocidad semejante, desechando una cantidad equivalente de oportunidades o devolviéndonos insultos afines. 
Pero jamás fuimos partidarios de consejos preceptivos, nos gustó inventar razones póstumas para todos los descuidos, ser socios ocasionales de una cifra vacilante de heridos de diversa consideración. Morir sin matarnos ni echarnos de menos, morir como mueren las historias que nunca se escriben y los amigos que no conocimos, morir como mueren los cobardes: con miedo a vivir primero.




[...]
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
y a punto de cerrar.

Bajo la luz quemada - Luis García Montero



sábado, 13 de agosto de 2011

Tú eres tan amoral como yo. Pero no ejerces


A fuerza de papel y telediario por fin supimos que la vida es un devenir continuo de fortuna y tropiezos; e ingenuos nos creímos a salvo de toda turbulencia. Pero, como es menester, vamos despertando del sueño pueril, abandonando Nunca Jamás a regañadientes, dejando atrás Reyes Magos, ratones y tediosos balbuceos católicos; exigiéndole al día un poco de esa dignidad que hoy sólo duerme en los libros.

Pero difícil es el salto sin red al mundo de las primas de riesgo, el fraude por sistema y los días de asuntos propios cuando adviertes el olor a podrido de viejos manifiestos y ser fiel a uno mismo se antoja más que imposible. 

Difícil es abarcar las ramas del árbol caído, dejar a un lado el individualismo, formarse una opinión con fundamento en un país en el que se mata a la salida de un estadio pero se calla ante el declive. Fácil es conservar míticos prejuicios y absurdas instituciones, cuestionables manos tan cerca de la cima, odios de nacimiento y heridas de otro siglo; difícil asumir el papel y lanzarse a las calles, apretar el cinturón y no el gatillo, sentirse parte de las ruinas y empezar a construir. Difícil es deshacer pero es a la vez necesario, como lo es invertir en libros y no en batallas, en escuelas y no en faenas. Difícil es abrir los ojos y echarse andar si algunas canciones de Sabina van sonando a negocio y la tristeza ajena es la página más leída.

Y cuando, de repente, surge la chispa –miles de personas sintiendo, por una vez, que hacíamos algo verdaderamente útil más allá de horas y horas de estudio de memoria y alguna que otra acción reparadora de conciencias, gritando juntos en silencio, buscando aquella reconfortante mirada que se escapaba del último aplauso, de la última ilusión que compartimos– nos miran de lejos, nos traicionan de cerca, nos critican desde arriba y nos envidian los mismos que tantas veces nos creyeron fracasados. Nos mienten, nos fuerzan, pero, no cabe duda, hasta sueñan con nosotros: unos despiertan nerviosos entre sudor y juicios tajantes; otros dan vida a la querencia de aquella historia hoy no tan lejana.

A pesar de todo, el ser humano –tan simple, tan terrenal– parece tender irremediablemente a la farándula. Es cierto que algunos, me temo que los más, nos emocionamos con portadas de periódicos y fotos de concurso; incluso nos creemos capaces. Pero la vida ha vuelto a ganar con su inalterable curso, con sus horarios y sus planes. Avasallando la ilusión de poder ofrecer otra mirada, enalteciendo logros que apenas pasan del incordio. Haciéndonos perder el interés por levantar con arena tanto castillo en el aire, cenando en McDonald's antes de acampar, buscando nuestro rostro en la crónica del día. Sin más legado que un apodo irrisorio, un pacifismo loable e inútil, algún empleo a cambio de kilos de basura. Olvidando, con esta, todas las causas que nuestros padres quisieron perdidas. Cediendo, una vez más, ante el indiscutible poder de lo seguro.

Y somos irreductibles: no aceptamos la derrota jamás por cuenta propia, preferimos curarnos en salud puesto que, como dice Eusebio Poncela –Dante– en la película Martín Hache, no estamos de acuerdo con el mundo que nos ha tocado, no hay salida. No podemos cambiarlo, hay que aceptar las reglas del juego pero no nos sentimos culpables porque todavía somos capaces de soltar una lágrima por la revolución que no pudo ser.

jueves, 4 de agosto de 2011

Muestre aquí su vanidad, haga un alto en su pudor, que mañana Dios dirá.

La época de los jóvenes estudiantes que atraviesan la universidad de noche en noche de jueves cruzando los dedos porque pasen bien y pronto los exámenes. La de los hombres y mujeres con horario de 8 a 3 que se convierten en expertos del solitario de Windows a ver si, entretanto, el de al lado le arregla los informes. La época de las discusiones a gran escala y las catástrofes vendidas a modo de best seller. La de los centros comerciales y el olor a monte quemado en verano. La baja temporada de los que buscan refugio en el óxido de los días. Y no lo encuentran. El agosto de los vendedores de fe, la recesión de los que apostaron al cinco. La época de los hechos condenados al olvido y la de los fríos coches oficiales de postín. El gran momento de los adictos al lujo de ver doble su fortuna. De los carteles anunciando el viejo cuento de la política social en los bajos de algún edificio en ruinas y de los ancianos relegados, con suerte, al oficio de niñera. La era del chico cajero con estudios y el padre en puros apuros. La del estático peligro en cifras, la de la maldición constante. El periodo de prueba de la vida post-moderna.



Ya quisiera yo ser librepensador,
no oír el rugir de tripas de tantos, ni su llanto, ni su dolor,
establecerme correcto, filósofo, neutral, independiente,
manejarme bien con toda la gente.

Ya me gustaría a mí alinearme con los no violentos,
regalar flores, descalzo, arrancadas de algún tiesto,
sin tener que poner la otra mejilla para nadie,
a no ser amenazado por ningún indeseable.

El caso es que me afectan las cotidianas tristezas,
la de los supermercados, la del metro y las aceras,
también las que me quedan lejos,
las de los secos desiertos, las de las verdes selvas.
 


Ya quisiera yo - Ismael Serrano

martes, 2 de agosto de 2011

Que el fracaso es un estafilococo de diseño que alguien implantó en la mente del ensueño desahuciado de Occidente.

Me da pena la vida, el leve esfuerzo con que de cuando en cuando decimos ser felices ignorando tranquilos el lado del mundo que grita. Me dan pena la envidia, la codicia y el derroche; pequeños rateros que todos censuran y pocos evitan. Me lastima la negación de la certeza, la avalancha de cumplidos, la pedante galantería del poder miserable. Pero alimentamos la bestia cinco o seis veces al día con toneladas de aplausos y elogios. Soportamos la humillante victoria de la palabra azul o roja con una sumisión que ya hubieran querido los curas del siglo pasado y aseguramos ser más ateos de lo probable. 



[...]

Me agobian las medianas,
las frases que están hechas,
los que nunca saludan y los malos profetas.

Me fatigan los dioses bajados del Olimpo
a conquistar la Tierra
y los necios de espíritu.

[...]


Ideario - Francisco M. Ortega

viernes, 29 de julio de 2011

Yo era del monte y soñaba espuma.

Con el paso del tiempo uno aprende -debe aprender- a decir lo que piensa y a contradecir aquello que no aprueba sin miedo al ridículo. Cuando uno madura, aseguran, sabe apreciar lo realmente bueno y no le disgusta dejar por el camino el lastre que supone a veces el pasado. Además, toda su juventud se le antoja inmejorable en una sucesión de perfectas escenas cuidadosamente enlazadas que parecen haber suplido sin problemas cualquier contratiempo. Incluso se maneja sin aparente contrariedad entre un sinfín de trámites: facturas, licencias, registros, nóminas, recibos, seguros, gasolina, averías, lavadoras, carreteras, supermercados y peajes. Dicen que, al hacerse uno mayor, sólo piensa en esa especie de exilio postmoderno que es la jubilación pero que, en cada cumpleaños, simula decrecer y el curso de su mentira le va llevando cuidadosamente hasta la edad del primer cigarrillo. Cuando uno crece, la  flácida barriga se vuelve dura como un balón -en efecto, está llena de aire- y hay que dar a entender que estamos poniéndole remedio; añorando siempre, en el tono más nostálgico posible, el envidiable físico de nuestra juventud. Ése que, durante su supuesta existencia, vivió a la sombra de la errónea vergüenza del dueño. Ahora, al ver a todos esos adultos y sobreadultos moviéndose con tanta soltura entre las apretadas cuerdas de lo normativo y haciéndonos creer que el mundo es un tugurio agradable donde no hay riesgo alguno para el que no se sale del papel, sabiendo también que los pocos que se atrevieron a correr hacia la extravagancia tuvieron que pagar un alto precio; sólo podemos esperar que no nos toque un guion muy complicado ni nos enamoremos de algún devoto de lo extraordinario.



Hoy como caliente, pago mis impuestos, tengo pasaporte
pero algunas veces pierdo el apetito y no puedo dormir.
Y sueño que viajo en uno de esos trenes que iban hacia el norte.
Cuando era más joven la vida era dura, distinta y feliz. 

Cuando era más joven - Joaquín Sabina

sábado, 23 de julio de 2011

Cada vez que me muero nos entierran a los dos.

Puedo intentarle a tus pasos unas líneas deshilachadas cuando juran que es la hora de la siesta o que ya no nos asusta, como diría Panero, la extraña sensatez con que nos mira el diván; aquél donde olvidamos el fajo de billetes falsos que nos permitía sobornarnos cada tarde.
O hacérselo a una palabra, sociopatía, defecto, soledad; soledad que absorbe hasta la última farola y escapa a los únicos cálculos que un día se nos dieron bien: los inexactos, los renales. Pero se deja incluso seducir la estupidez que supone recitar uno a uno tus vicios o reprocharte otro cuaderno vacío fingiendo que nos importa.
Será este absurdo letargo a medio camino entre discurso y oración -que rara vez no son lo mismo-, demasiado extenso, todavía, para servirnos de epitafio.



Yo,
espero que me invites a tu boda
y que te escapes al baño conmigo
a la hora esa en que el novio y los padrinos,
se abrazan diciéndose adiós.
Y si alguien nos encuentra diremos que no.


Te quiero y te odio - Luis Ramiro


.
 

lunes, 11 de julio de 2011

La lluvia, que no corta, pero oxida los filos de una espada, cayó también sobre el pasado.

Es cierto, al final sólo recuerdas lo que quieres; sí, lo que quieres. Aunque lo anheles inconscientemente. Yo sé que he aprendido muchas cosas, como el abecedario del revés por no cortar cabezas o la certeza de que no me sienta bien la lluvia, que lo que un día crees eterno al otro es puro fuego y quema, que la vida es muy puta o que nunca se me dieron bien las despedidas.

También admito que mi fetichismo por la huida es algo más que una manía pasajera, que más bien podría reconocer persecutoria; y que me encanta. Incluso me he acostumbrado a gritar desde el acantilado todos los nombres que quiero que me sobren y nunca me dan el gusto.
He aprendido, además, que dormir no es siempre fácil, que no me gustan las vacaciones, que las palabras son balas queda fuera del saco de frases vacías, que me robas algo más que tiempo o que puedo extrañar historias de las que ni siquiera fui partícipe.
Entre mis nuevas adquisiciones está el miedo taciturno, lúgubre, tristón; ése que me produce la nostalgia que no siento o el trueque al que tengo pensado jugarme hasta el último pesar. Eso sí, no espero que lo entiendan.
Claro está, no todo iban a ser desastres: un día descubrí que era real esa otra orilla que soñaba, que mis tediosos soliloquios no estaban exentos de un particular eco que ahora busco con afán, casi con desesperación. Y que, bien que me pese, apenas encuentro.

Por si no sobraran cuatro o cinco líneas, he de confesar que ya no duermo en ese mullido jergón cuidadosamente construido con toneladas de papeles que, aseguran, contienen un ayer tan bucólico, tan idílico, que más parece digno de Walt Disney. Ahora me he tirado a las calles, literalmente; prefiero la austeridad, la compostura, la honradez de cartones en blanco sin intención alguna de contarme batallitas. Es duro, ¿no creen?. Un día te despiertas con la casa por la ventana y el tiempo patas arriba, con un bono de diez mil viajes de ida a cualquier ciudad extraña o la vida reivindicando un mínimo de cortesía y aún les parece extraño que haya lanzado las naves a un mar de gasolina y tenga prendida la mecha.


Conmigo vas, porque me buscas
en la luz descosida de tus atardeceres,
y sin cerrar los ojos
abro en cada regreso mi equipaje,
mi colección de fugas, 
que corren por el mundo.

Ciudad nativa - Luis García Montero

domingo, 3 de julio de 2011

No sé si firmar contrato con tu ausencia o tomar clases de amnesia

Pero entre aquellos escalofríos de un enero mal curado en la conciencia no acepté -quizá no quise hacerlo- que, efectivamente, hacer de equilibrista en tus rarezas, desnudarte las mías o pasear por la estación como si aquello no fuera un presagio catastrófico iba a quitarme el sueño en los créditos de aquella película que nos contamos en versión original antes de chocar contra el invierno. Y no, no puedo dormir la siesta o, al menos, no igual. Tampoco puedo ignorar aquella tarde en la que me decidí, no entre tú o nadie o yo o todos, sino entre esta presunta ficción y la necesidad de algún proyecto a corto plazo indispensable. O yo o nosotros. Y a veces me puede el egoísmo. Ahora, bien dices, desconociéndonos cuando asumo que indefectiblemente hemos abandonado la posibilidad de alguna que otra palabra a tiempo real, ni qué decir tiene que hace siglos olvidamos esa promesa que sólo tendría cabida si aquella tarde en la comisaría me hubiera atrevido, de verdad, a colgar tus pies de algún árbol del bosque de mi figura.


El corazón serio y frío,
 el pelo corto.


Hace siglos que quiero enviarte palomas de humo,
antes de que carcoma el invierno la culpa que asumo...

Resumiendo - Joaquín Sabina

lunes, 13 de junio de 2011

Mi envenenada medicina

Es mucho peor correr por la cuerda floja, no hay comparación; al final, caer se hace hasta ameno. Suele ser un golpe fuerte, sí, pero el tiempo enseña a disimular todos los roces y parece que sólo duele cuando te acuerdas; como si mi maldita imaginación fuera capaz de conducir todos estos litros de sangre coagulada a un mismo punto, a ese puto punto. Pero no hay nada más nocivo, nada más nefasto, más dañino o más infame que la duda y el recelo, que el constante devenir de esa tristeza intoxicada. Quizá si pudieras mentirme, encantarme con un par de futuros ajenos o venderme algún remedio que no pudiera pagar sin hipotecar el pasado tendría sentido malgastar las horas ensuciando la hoja de atrás de aquellos cuadernos de matemáticas.



Y si amanece por fin y el sol incendia el capó de los coches,
baja las persianas,
de ti depende, y de mí, que entre los dos siga siendo ayer noche,
hoy por la mañana.

Y si amanece por fin - Joaquín Sabina


domingo, 5 de junio de 2011

Cuánto gané, cuánto perdí

Me pregunto si ahí, como en Madrid, seguirá lloviendo igual que cuando partimos. Ahora, cuando acaba de amanecer en esta orilla, no quema el sol pero lo hace el recuerdo; quizá no herido, con certeza empeñado a cambio de un par de borradores. Ni las fotos que ya no tienen cabida, ni las frases que no colgaré encima de la cama, ni las promesas que tanto fraguaron, ni la enajenación más compartida que deseada, ni tú, ni yo, ni siquiera nosotros derritiendo el mundo al tararear la melodía del desánimo. No queda sino el recurso a la presunta predisposición de los años, los trenes y el azar; poco podemos hacer desde esta cómoda nostalgia que posterga y capitula.


 
 
Bebo, apuro desperdicios de mi vida,
me recojo en la templanza de la tregua que me da
la anestesia del recuerdo.

Lápiz y tinta - El último de la fila

martes, 24 de mayo de 2011

¿Qué les vas a decir a tus hijos cuando pregunten dónde estabas? ¿Viendo la tele?

Ahí estábamos, sintiendo, por una vez, que hacíamos algo verdaderamente útil más allá de horas y horas de estudio de memoria y alguna que otra acción reparadora de conciencias. En silencio gritamos juntos buscando aquella reconfortante mirada que se escapaba del último aplauso, de la última ilusión que compartimos. Nos miraban de lejos, nos traicionaban de cerca, nos criticaban desde arriba, nos envidiaban los mayores -los mismos que tantas veces nos creyeron fracasados-, nos mentían, nos forzaban, pero, no cabe duda, hasta soñaban con nosotros: unos despertaban nerviosos entre sudor y juicios tajantes; otros daban vida a la querencia de aquella historia hoy no tan lejana.



domingo, 8 de mayo de 2011

¿Quién quiere empezar?

Quizá nunca medimos con acierto la intensidad de nuestros desastres particulares. O, tal vez, ellos sólo permiten ser calculados cuando el tiempo y la distancia se interponen y no queda más salida que aceptar la derrota elegida. Creyó que sólo era una tregua, otra de tantas; y yo, cobarde, quemé las naves que tiempo atrás me juré eternas. Pensó que volvería, que ese algo que nunca definimos resistiría un golpe más, otro ataque premeditado de la realidad arrasadora que nos pisaba los talones desde hace ya casi un lustro. Ganó la partida la duda y yo perdí el norte, la meta, las ganas. No sé dónde he puesto los dados. Ya no jugamos al mismo juego ni hay vidas ficticias que compartir.

domingo, 1 de mayo de 2011

Que estoy acorralado y no me quedan tiros, que va siendo hora de despertar

Nos gustan las alturas. Somos tan humanos, tan simples, tan diáfanos, tan lógicos... nos asusta -me asusta- saber cuánto. Pero es sencillo: nos permitimos, por un rato, sentarnos a mirar unos metros más abajo y fingimos que nos calma, quién sabe, quizá el sabernos fuera de juego durante una sola tirada. Observamos con cuidado cómo avanza cada ficha con más o menos suerte, cómo cada cual persigue una meta que resulta al final ser una sola, única, válida para el tramposo y para el que, al menos hoy, parece honrado.
Un capricho curioso, un antojo que creemos inocente; ¿acaso es inocente desoír los gritos del mundo?, ¿lo es ignorar la necesidad que podríamos solventar?, ¿es ingenuo?, ¿no hay razón por la que ajusticiar este constante descuido?, ¿tenemos derecho a reclamar algo nosotros: los mismos que elegimos cerrar bocas mirando desde arriba, los que decidimos poner la tirita sin lavar antes la herida?.


Y me voy con la camisa rota
porque me he hecho una bandera...

Con la camisa rota - Marea

viernes, 1 de abril de 2011

Infinita ingenuidad

La cama en el centro de una habitación inmensa, lámparas rojas. Fotos en las paredes, ven, acércate, puerta y ventanas blancas, cortinas verdes, no puedo hacerlo. Antes de vivir como si ayer hubiéramos muerto, nunca lo has intentado, antes de ser un número, un código, con mucha suerte un nombre no elegido; tengo miedo. Antes de los días eternos, de las semanas efímeras, antes de llorar sin razón, que es, en realidad, como habría que llorar siempre; antes de las llamadas sin respuesta, yo también. En pleno apogeo de sueños mediocres, de malas caras, de las mismas ganas del no sé qué que nunca llega; antes de la sobredosis de segundos evidentes, antes de escapar inmóvil. Y... ¿si no nos hubiéramos conocido?. Cuando el desayuno era ilusión con sacarina, no seas cursi, antes de caer, mucho antes del rescate, esta vez has de saber que no te escribo, cuando pasado y futuro no existían, lárgate, antes de tú, ojalá me lo hubieras pedido hace siglos, cuando yo, te quiero, después de ti.
 
¿Por qué?

jueves, 17 de marzo de 2011

Taedium vitae.

Devolvedme el antes de este carnaval que se promete eterno. Las alas, las ganas, las dudas, los miedos, ¿adónde han ido?. Cuánto me gustaría que pudieras verlo por ti misma. ¿Cómo va todo allí abajo? ¿Sigues cruzando la ciudad a esa velocidad de vértigo? Las huidas que nunca fueron tales. Mi atiquifobia, tu vida de película. ¿Crees que alguien vendrá a rescatarnos?

martes, 8 de marzo de 2011

Este "nunca" no esconde un "ojalá"

Armada hasta los dientes de una fuerza tan quimérica como breve intento hacer frente a tus señales, olvidar la locura del invierno en una ciudad que podría ser cualquiera menos esta; porque ahora sí nos pertenece. Podrías llamarme egoísta, o embustera, recordarme que hubo otras calles, otras barras de bar que nunca cerraban, otros caminos de vuelta a casa, de noche, siempre sola con tus historias y mis manías, con nuestros planes acechando en la nuca. Pero no, no es lo mismo. Ahora crees tener derecho a reclamar lo que pudo ser tuyo, a ir y venir como si nada, como siempre, como si nunca hubiéramos compartido un sueño, una cerveza, un deseo; como si aquella madrugada hubieses dejado hacer al destino. Ahora que olvido contarte que no será mañana si no vuelves o que quise invertir en tu espalda todas las noches bajo cero me consuelo pensando que pertenezco a tantos lugares, a tanta gente, que eres sólo un número en mi lista de destierros forzosos. También me dicen que no mereces ni un segundo de mi tiempo, ni una letra de estos soliloquios inoportunos que nunca leerás; a veces les creo, otras me pregunto quién puede juzgar lo que he de darte, adónde van estos abrazos vacíos, qué será de ese enero en tus ojos.


Ahora que no te pido
lo que me das.
Ahora que no me mido
con los demás.
Ahora que todos los cuentos
parecen el cuento
de nunca empezar.

Ahora que - Joaquín Sabina

martes, 1 de marzo de 2011

La rabia tan sumisa, tan débil, tan humilde, el furor tan prudente, no me sirve

Un círculo vicioso. Él se lo merecía todo y estaba contigo; te había tocado el primer premio, así que tampoco debías de haberte portado tan mal. Y si él se merecía tanto y seguíais mano a mano, quizá sí estuviste a la altura. Quizá sí fuiste todo lo que él había ganado a fuerza de ser buena persona, fuiste todo; y, por serlo, todo lo tuviste.
O quizá seas solo esa mota insignificante que sin comerlo ni beberlo fue a parar adonde no debía, al lado de alguien que, también por azar, apostó, todo o nada; y salió bien.
Pero puede ser, y es lo más probable, que ni él fuera merecedor de todo cuanto imaginaste y que, ni en tus mejores sueños, hubieras podido ofrecerle siquiera la mitad; con toda certeza entregásteis lo único que había, con toda seguridad se correspondía con lo que merecíais. La redención es cosa de unos pocos; ya ves, no érais tan perfectos.

domingo, 20 de febrero de 2011

¿Con quién bebes tequila cuando no te sientes bien?

Hablo de tirarse a la ciudad
en el banco del parque
bajo un cielo sin estrellas de ocasión,
de amantes que luchan por desoírse
mucho después de la aversión a plazo fijo
previo alquiler de lo que fuimos,
de agosto con escarcha en los portales
y rencor aletargado en la mochila
cuando suena a desamor en la palestra.
Hablo de ojeras maletas suicidas
billete preferente hacia el olvido
en la contienda de las ganas y la culpa
del arsenal de sobres mojados
que atrinchera el misántropo
a falta de un cuerpo rentable.


Hay quién dice que fui yo
el primero en olvidar...

Peces de ciudad - Joaquín Sabina

domingo, 13 de febrero de 2011

Cuando palabras, cuerpos, son ya sólo sombras.

Te lloré para saber si eras impermeable:
acerté.
Deshice caras largas, noches cortas,
risas, promesas absurdas;
la esperanza malsonante del optimismo.
Tropecé con abrazos suicidas
dormí al abrigo de algún gesto austero
calculé los daños
y nunca salían las cuentas.
Milité en Nunca Jamás a regañadientes
me emborrachó el olor a años mejores
soñaron los ojos
que ya no me acariciaban.
Descosí mi piel a tiras
para poner parches a tus rotos,
acepté eso que nunca fue nuestro
y denegué el derecho al delirio.
Consentí el exilio de los besos
soplé todas las velas
y dejamos de cumplir no sólo años.
Vendí al mejor postor nuestra memoria
recuperé los miedos, las maletas
negué haber vivido esto contigo
y ahogué roces involuntarios.


Hoy sabes que siempre será invierno
en las camas que no deshicimos.




[...] sintiendo, digo, esa rara sensación, distante y desangrada,
del whisky, de la noche y el silencio,
de la entusiasta desesperación con que aceptamos la
derrota,
de ese vértigo, a veces, sólo a veces, tuyo y mío [...]


Used words - Juan Luis Panero

jueves, 3 de febrero de 2011

Sus filias y sus fobias.

Ver la vida desde la barrera relativiza todo bastante, pero saltar al ruedo es otra cosa; mancharse las manos de barro cuando quieres enterrar tanto y nunca es suficiente, sentir arder la garganta, romperse el cuello al mirar atrás, comerse el mundo en boca del público, responder el corazón cuando pregunten
¿qué te juegas?
y perder.
Pasar horas inmersa en guías de viajes que no harás, o sí, pero saberse siempre enredada en planes absurdos e inmediatos; elegir la letra, inventarse la música, leer entre líneas algo que quieras contarme.

Volver: la ciudad de carreteras amarillas, la ciudad que huele a verano en noviembre, las calles estrechas del barrio aquél cerca de casa, los cincuenta minutos de autobús, reír sin razón aparente y descubrir que no todo es blanco o negro, que hay gris y que envenena.

Volver. Miles de kilómetros. La estación de paso en que me convertí cuando supieron bien los besos sin amor, cuando, excepto las de la imaginación, había perdido todas las batallas. Cuando lo material sólo escondía una acepción y echar de menos una inútil frase hecha valorada en exceso.

Volver: el sabor endémico del norte, la piedra que hace historia, el río que se llevó mi infancia un veinticinco de julio llovioso, la prisa, las maletas, el silencio. Cuando las semanas se contaban con cerveza y nombre propio y el mejor momento del día me sorprendía esperando en la ventana.
Quizás hoy.




"Estoy temblando de frío
pero me arden las entrañas
quizá me encuentre vacío
es que estoy lleno de nada"

Romper - Luis Ramiro

domingo, 9 de enero de 2011

A veces el infierno somos nosotros mismos, ¿no?

Nunca fui propensa al típico inventario findeañero, no porque de tanta repetición me parezca hasta insípido, que también; sino porque, entre tú y yo, no sé escribir por obligación, ni siquiera por auto-obligación, y de veras siento mucho no estar a la altura.

Pero sí, 2010 tuvo lo suyo, fue, digamos, un año curioso; sólo curioso. Podría hacer alarde de mi mala suerte, mis buenos amigos y mis mismos miedos, porque he aquí los tres pilares básicos de la recapitulación post (anni) mortem. Podría hacerlo pero tengo suficiente con echar la vista atrás todos los días, sin excepción, y saber que esta noche es distinta, que esta noche marca, duele, gusta, aprieta. Que esta noche, con doce meses menos y trece kilos más, nevó como no imaginábamos; tanto que la nieve colapsó las carreteras y congeló la parte de mí que se muestra a menudo incapaz de tomar decisiones. Y que, con medio cuerpo en coma, pensé Ahora o nunca y me lancé como en el primer chapuzón de verano. Comencé a deshacer y desordenar una vida que supo venderse bien, una de esas con fecha de caducidad, de esas que prometen y olvidan, disgustan y queman, abrasan, aniquilan todo vestigio de esperanza y resultan no ser más que la vida de otro. Pero cuando una se traga la vida de otro y le sienta mal al estómago, y el estómago es el cuerpo entero y eres, en definitiva, tú, hay que vomitar la vida aunque te corroa los dientes y te arañe la garganta. Hay que vomitar la vida y llevar una dieta blanda de arroz, pechuga, pescado cocido, manzanas sin piel y mucho líquido.

- Vale, ¿alguna indicación más?
- Tiene que cuidarse, el estómago está delicado. Quizá unas pastillas, sí, espere, le hago la receta. Tenga.
- Ajam. ¿Pastillas para no soñar?
- Créame, es por su bien.
- Mmm... y ¿cuándo podré volver a comer con normalidad?
- ¿Quiere que le sea sincero?
- Me lo temía.