sábado, 12 de noviembre de 2011

¿Quién limita al sur con mi esperanza?

Cuéntame un par de cuentos que me calmen, es lo que hacía yo conmigo. Dime que todo es mentira, que sólo quedan viajes de ida y vuelta y que a ti se te olvidaron las maletas. O deléitame con tus trampas. Inventa para mí los sueños que nunca serán nuestros, dile al portero que vas a quedarte hasta el final porque se han fundido las bombillas y nos asfixia el olor a despedida. 
Pídeme otra canción al final del concierto, firma conmigo algún armisticio adulterado y pongamos fin, al menos por un rato, a tanta decepción. Regálame adjetivos suntuosos y mírame con apetito, que me gusta creer que te estimulo. Bajemos el telón y digamos adiós a los actores, cadena perpetua para el apuntador y censura permanente a tus guiones. Oxigéname las venas con música de cañerías, tatúame en la espalda tu silencio y fingiré que no me duele. 
Aprenderé a quererte en el poco tiempo libre que me deja esta enajenación voluntaria, pero no me exijas más demostraciones. Sabes que siempre me gustó actuar, que no me incomodan las miradas traidoras si estamos a oscuras. Pero que me ciega la luz de sus pérfidas palabras, porque en ellas he dormido y estoy herida de muerte.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Solo es humo su recuerdo entre latas de cerveza, la tristeza es infinita en sus ojos de gacela.

Lo admito, me resisto a abandonarnos. He vuelto -quizá nunca dejé de hacerlo- a buscar ansiosa tus huellas, que son surcos en mi suerte, como busqué tus brazos y esquivé tus certezas cuando aún era posible. Estoy diseñando, a base de errores, una táctica infalible capaz de vencer recuerdos indolentes; recuerdos entre los que te encuentro si me dejo sobornar por tristezas que hoy quieren ser mías. Abordo a desconocidos, les cuento, por ejemplo, que un día decretamos la paz y fue mentira, que quisimos poner nombre a todo lo que no estaba inventado; que tú decías que también en eso fracasamos. Pero que yo no me lo creo. Enumero ante ellos cientos de motivos, no soporto que piensen que sólo había una opción y que era ésta. Les aseguro que en todas las paradas de autobuses he escrito tu nombre al revés, porque me gusta así, porque parece el de un medicamento. Y preguntan que si quiero recetarte a todo el mundo; y no saben que no van a encontrarte como yo. He escrito noventa y dos cartas sin remite ni culpa a tu antigua dirección: una por cada domingo sin tu risa como única recompensa. Tras largos soliloquios, algunos se atreven a decir que irán a por ti; esos son los más ingenuos, no entienden que yo sólo te encontré, que no quise buscarte. Que tampoco perderte. Y les miento continuamente. Proclamo que ya no te extraño. Y les prometo que no existes. Pero a mí se me olvida creerlo.


Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Otras veces - Ángel González