viernes, 26 de febrero de 2016

Ausencia leve como carne de niño.

Para sacarle al tiempo las raíces
y perforar la tierra de mi infancia
y poner sobre el mapa lo perdido
como el que exige un trago, otro, otro
así mis manos suplican clemencia.

Han venido a deshacer nuestra casa
a lanzarnos al mar, a alimentarnos
con nuestra savia, con nuestra derrota
y nos hacen heridas las cadenas
si nos dejan abiertos los candados.

Redimidos, por la fuerza, culpables
de acariciar la piel que nos encierra
de amar esta prisión hecha a medida
un golpe bastará para sanarme
una palabra tuya me atraviesa.

Sin embargo, si me dices "mi amor"
siento un escalofrío
sea verdad o mentira.

Kirmen Uribe




miércoles, 17 de febrero de 2016

Vendo una jaula voladera de acero inoxidable.

La alambrada está cerca de mi casa.
Ya no pueden sus manos
detener el tráfico, subirnos
el rit mo
cardíaco.
La alambrada aminora los golpes
e impide el vuelo.
La piedad continúa siendo
obra de juventud de Miguel Ángel.
Nuestras madres no nos miran
jugar a las cabañas,
rasparnos las rodillas,
dormirnos al fuego, hacernos los dormidos.
La alambrada nos ha nombrado adultos
pero nunca les ha quitado el miedo:
todavía se despiertan, aseguran,
si pronuncias su nombre en voz baja
al otro lado del mundo.
Uno sabe poco, aún, pero recuerda
-es fácil-
a dónde no pertenece.

Me hicieron una oferta que no pude rechazar: esta jaula.
Carmen Camacho