miércoles, 17 de febrero de 2016

Vendo una jaula voladera de acero inoxidable.

La alambrada está cerca de mi casa.
Ya no pueden sus manos
detener el tráfico, subirnos
el rit mo
cardíaco.
La alambrada aminora los golpes
e impide el vuelo.
La piedad continúa siendo
obra de juventud de Miguel Ángel.
Nuestras madres no nos miran
jugar a las cabañas,
rasparnos las rodillas,
dormirnos al fuego, hacernos los dormidos.
La alambrada nos ha nombrado adultos
pero nunca les ha quitado el miedo:
todavía se despiertan, aseguran,
si pronuncias su nombre en voz baja
al otro lado del mundo.
Uno sabe poco, aún, pero recuerda
-es fácil-
a dónde no pertenece.

Me hicieron una oferta que no pude rechazar: esta jaula.
Carmen Camacho

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