domingo, 8 de diciembre de 2013

Tú has venido a decirme: "O lo aceptamos todo, o es que todo es mentira"

No existen las ciudades
pero existe una forma de mirarlas
-me recuerda Benjamín Prado mientras intento
esquivar la trivial tentación que me persigue:
hablar de esta ciudad como se habla de un dolor,
igual que se estudia una pasión
de la manera en la que se debate el alcance
de una pasión posible.

En definitiva,
hablar de esta ciudad
como se habla
de todo lo real.

Sé que venir, como quedarse,
son sólo sensaciones.

Y vuelvo como quien se va para no volver,
me instalo aquí,
donde tantas otras veces
me creí a salvo;
donde otras muchas
me supe en los límites.

Me instalo como si nunca fuera a marcharme.

Ordeno los armarios
rehago
la trama de sus olores
repaso
la historia de algún cuaderno
-Luciano Feria, Poemas-
releo en ellos a Basilio Sánchez, a Juan Luis Panero,
a Luis Landero, a Álvaro Valverde,
y sé que, quizás, sólo por un momento,
no pude haber estado en un lugar mejor.

Y no puedo evitar creer
que esta ciudad existe.

[...]
No necesito más: este equipaje mínimo
con que distraigo acaso
mi propia desnudez y la certeza
de saberme en los límites
[...]

Basilio Sánchez (Los bosques interiores)

miércoles, 30 de octubre de 2013

Y, sin embargo, esta ciudad es mía, pertenece a mi vida como un puerto a sus barcos.

Pero a menudo tengo la sensación de que preferiría recordarla con cuatro o cinco fotos tomadas por cualquiera, asépticas, de las que sólo pueda decir por aquí pasaba yo los martes o nunca me pareció tan alta aquella torre. Recordar la ciudad, pensar en ella siendo fiel al diccionario: conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, bla, bla bla. Empezar mañana y, si surge, tan sólo mencionar que estuve allí. No entrar en debates ni en sensiblerías. Olvidar los nombres de las calles o, mejor, olvidar todas las veces que una de esas calles fue parte ineludible de un hito en la historia de mi corta, corriente y acostumbrada vida. Insisto, exagero: podría ponerme a ello en cuanto deje de verter aquí todo lo que a ningún ciudadano le digo. 
Recordar un par de restaurantes con menú y una zona con buen aparcamiento, memorizar varias paradas de alguna línea de autobús y no perder el teléfono del taxi; es probable que alguien me pida consejo si decide venir a visitar esta ciudad tan común como admirable. Desconocer los atajos, los invernaderos y los rincones resguardados del frío. Olvidar la librería de segunda mano, las casas de los amigos. Abandonar la plaza donde una vez salimos a flote mientras otros muchos emergían en otras muchas plazas de otras muchas ciudades corrientes. Ignorar que existe un lugar elevado desde el que imaginar la historia de algún habitante excéntrico. Hacer como que no somos excéntricos nosotros. 
Lo repito, aun a riesgo de resultar incómodo: comenzaría a deshabitar mi memoria antes de medianoche. Primero los horarios y los precios -siempre abusé de mi capacidad para el recuerdo-, enseguida los teléfonos y las direcciones: retenerlos más de lo estrictamente necesario sería tentar a la suerte. Después vendrían los rostros de tercera, luego los de segunda y así sucesivamente. Luego las escenas que aún evoco y que analizo como si aquéllo no fuera conmigo, como si no hubiera mejor ciclo de cine que verme crecer de punta a punta del plano. A continuación todas esas cosas (¿sólo cosas?) a las que, en su momento, no supe darles la importancia que tenían. Entre olvido y olvido anunciado, supongo que irán cayendo en saco roto mis fallos y mis aciertos y, en definitiva, lo que se escapó de mi vida para colarse en la vida de los que se han cruzado conmigo a lo largo y ancho de estos años y estas calles. Por fín llegará la última fase, el día D, la línea de meta: de repente, me levantaré un día sin que vengan a mí las sensaciones que la ciudad me regaló con más o menos acierto. 
Con los años, supongo, desarrollaré lo que yo llamo una emoción coraza: de tanto olvidar me habré visto obligada a inventar una historia que nunca viví, una feliz y coherente, con lugares íntimos, con fotos dignas de ser expuestas en cualquier salón. Una historia cuyos personajes me acompañen de principio a fin y no cambien de rostro para confundirme.

así la realidad
sin puntos y sin comas
hecha piel y mezclada
por el tiempo en el fondo de los ojos
 
los alcoholes nocturnos
la historia que comprendo
lo que nunca comprendo de la historia
 
La realidad - Luis García Montero
 

domingo, 13 de octubre de 2013

La vida nos acorta la vista y nos alarga la mirada.

He tocado con un dedo 
la esquina izquierda del futuro
sólo para que no me olvide.
No para que me espere, no;
odio que me esperen.
La he tocado para poder seguir esperando.
Para escribir todos los días unas líneas 
de las que no avergonzarme
cuando en la próxima estación
-antes del andén,
mucho antes del olor a despedida
y aun antes del frenado de emergencia-
se lancen los viajeros a la vía.
Para no extrañar sus voces
cuando encuentre sus maletas.
Para pasar por alto
que no se despidieron.
Para que, en definitiva,
piensen que no me di cuenta.
Por eso he elegido con cuidado
qué mano había de tocar el porvenir.
 He meditado en exceso
cuántos dedos tenían que consolarse
con acariciar el pasado.
Y cuántos serían necesarios
para sostenerme en el presente
antes de que llegue el invierno.
Ahora voy a poner en marcha
mi plan.
Mi plan, que sólo tiene un objetivo:
no volver
a ser necesario
nunca.


A veces me parece
que estamos en el centro
de la fiesta
sin embargo
en el centro de la fiesta
no hay nadie
En el centro de la fiesta
está el vacío
Pero en el centro del vacío
hay otra fiesta.

A veces me parece - Roberto Juarroz

jueves, 18 de julio de 2013

Confundí con estrellas las luces de neón.

Te he buscado tanto
que ya no existes,
como no existen las coordenadas,
el norte, el eje de tu mundo
cruzándose en mi vida.
Te he pensado tanto
por no soñar contigo
que no sé si un día estuviste
o si todo es culpa
de mi nostalgia insomne.
Te he olvidado tanto
que el deseo parece
un horizonte en llamas:
lejano, ardiente, imposible.
Te he escrito tanto
por no gritar tu nombre
que no puedo jurar
que no te inventara
para salvarme.
Te he extrañado tanto
que inventé los límites
a falta de culpas
en las que refugiarte.

En la vida de cualquier persona
se suceden casi siempre dos tragedias
que ya he vivido: la falta de amor
y el exceso de amor.

Beatriz y los cuerpos celestes - L. Etxebarría

lunes, 10 de junio de 2013

En Comala comprendí.

Me resistía.
Yo creía en la resistencia, en una resistencia pacífica, casi piadosa, con la que sostenerme. Creía también en otras resistencias, pero ésta no es la historia de mis convencimientos. Es la de mis principios, la de mis finales y la de todo lo que recogí en el hondo foso que separaba ambos extremos; porque, como dice J. L. Panero, aquí tuve todo y no tuve nada.
Hoy no recojo los muchos trastos que atiborran mi habitación de dos por cuatro, pero intento poner orden. Hacía semanas que no me paraba a imaginarte, a pensaros, a olvidarme. Hacía meses que no se me erizaba la piel al repasar viejos papeles y colgar de la silla una bolsa para el contenedor azul. Ha sido un curso raro. Y yo tengo una inexcusable tendencia a amar lo excéntrico.
Cuando se enciendan las luces, cuando suene la canción de aquella película que al final no vimos, cuando amarilleen las fotos de un insólito comienzo; sé que no quedará ni la mitad de lo que me propuse. Supongo que es difícil sobrevivir al fin de fiesta, que a todos nos duele la resaca -y no en forma de jaqueca-, que para lo cómodo siempre hay aliados. Y que no son esos pseudo-incondicionales de los que quiero acordarme cuando me sobren distancias y se difuminen los límites entre lo que fue y lo que nunca ocurrió.
Que me basta con lo puesto porque, pese a todas las "pérdidas", tras alguna vulgar deserción y por encima de las renuncias voluntarias, me llevo mucho más de lo que traje.
Al fin y al cabo, no puedo firmar este epílogo con nostalgia y orgullo; pero sí con la satisfacción de quien se erige entre las ruinas y está dispuesto a volver a construir sin pasar por alto las reliquias del viejo edificio, de aquél que sabe que ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo, de ese personaje tan secundario como intrépido, que no sabe adónde va y, sin embargo, tiene claro adónde no va a ir.


La vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.
Gil de Biedma

miércoles, 24 de abril de 2013

El mañana nos devolverá dardos certeros y verdades incómodas.

Dice una canción que somos el reflejo de aquello que quisimos ser
Y es cierto. Inevitablemente cierto. 

Yo quise ser tantas cosas que, pensándolo bien, es normal que ahora no acierte a dibujarme entre tanto esbozo. Restos a lápiz de viejos sueños de altos vuelos, alguna línea torcida a carboncillo de promesas que no llegaron o lo hicieron a deshora, ceras de colores que rozaron este cuaderno ojeroso y quebradizo, cientos de figuras ya difusas, otras que todavía no se han marchado y unas pocas que -¿quién sabe?- dicen que van a quedarse. 
Aleatoriamente repartidas, además, con trazo grueso y buena letra, aún leo palabras que elegí por su música y que el tiempo no ha podido condenar: imperdible, libélula, nunca, papiroflexia, contigo, nenúfar, parafernalia, caricia, pusilánime, amnistía. También la melodía me empujó al lado de quiénes creí al compás y me hizo rechazar las notas que dejaron de rimar. Y, por cómo suena esta canción, es posible que me equivocara. 

Pero el viaje continúa. Mañana no seremos más que la borrosa huella de lo que hoy convertimos en verdad: ¿sobre qué escribiré dentro de dos inviernos?, ¿de cuántas manos no me habré soltado todavía?, ¿cuáles serán los sueños imposibles de un futuro hoy improbable?

Aquella canción, por cierto, seguía: aunque por fuera todo cambie, al final seguiremos siendo eternos.  



jueves, 18 de abril de 2013

Me fui, sin despertarle, de puntillas.

Para comprender que habíamos existido no sólo tuve que nadar contracorriente: me estrellé un par de veces contra la certeza -la distinguirás porque es el material más duro entre los escombros de la pasión-, mordí otras tantas el polvo -ése- que nunca echamos, me aprendí de memoria tu dirección, tu teléfono y hasta el estribillo de aquella canción que siempre sonó a destiempo y aún pude atrasar los relojes y llegar tarde a la última cita. Tú -tú siempre por delante- no apareciste nunca.

Luego los años pasaron como de puntillas. Yo no volví a tropezar y supongo que tú, a tu manera, tampoco. Intenté no pensar mucho en ello: si olía tu colonia, fingía náuseas; si amanecía soñando con aquel invierno, sólo quería pensar en mar; si veía tu foto entre mis folios, corría a hacer otra cosa aparentando una urgencia desmedida -tan desconocida para mí como tus ojos de papel y de carné.

Y no es que ahora sea inmune. En todos los lugares te encuentro y en ninguno me encuentro a mí. Huyo aleatoriamente, tan deprisa, tan sin rumbo y con tantos planes como aquella noche tan obvia. 

Y a veces te echo de menos.


Tú haz como si me conociertas,
yo fingiré que me conoces.

El monstruo del armario - Luis Ramiro


martes, 16 de abril de 2013

Los argumentos de mis sueños escasos y prudentes.

Aprendí a tragar fuego
manteniendo el equilibrio
en la cuerda que separa
mi piel de tu verdad.

Hice llover en tus pies
los restos de un poema
que aún no habían escrito
pero tú imaginabas.

Me deslicé en silencio
entre las abisales dudas
que jurabas no tener
y me entregué.

Supe que había deberes
que sólo yo eludiría,
promesas que nadie más
podría incumplir.

Desistí, era diciembre,
entre excusas y olvidos
y no grité tanto de rabia
como de placer.

Porque siempre me gustó
naufragar en la orilla
de la mansa isla
de nuestros deslices;
delatarme, matarnos, desearte
literal y ansiadamente
desde estas líneas
que ya no son mías
y que te pertenecen
a ti
menos que a cualquiera.



Y hoy publico porque Marina Miau (http://fantasiaindefinida.blogspot.com.es/) dice que echa de menos que escriba, y yo no puedo fallarle a alguien que asegura que

Escribir
como amar
es atreverse a saltar
al vacío.

martes, 19 de febrero de 2013

Habrá que someter a referéndum la voz de los cajeros, la tristeza.

Quizás haya llegado el momento de contradecir -muy a mi pesar- la más famosa y explotada frase de la archiconocida Amélie. Quizás tenga que dejar de ser emblema de ocasionales cinéfilos y francófonos, quizás no merezca erigirse protagonista de más declaraciones tuenteras, exageradas y adolescentes. Y no sólo porque resulte hasta insultante, sino porque éstos sí son buenos tiempos para los soñadores. De hecho, es posible que estos tiempos no tengan mucho más que ofrecerte que la posibilidad de ser un soñador, de caminar hacia tus sueños, aunque, desgraciadamente, eso no quiera decir que vayas a tener la oportunidad de hacerlos realidad.

Allá por el año 2001, cuando vio la luz esta película, corría -demasiado deprisa y abocado a un final catastrófico- el tiempo de los sueños: sé bueno, esfuérzate en el colegio, estudia, sal menos, haz la comunión, lee más, no pelees con tu hermano, las esdrújulas se acentúan siempre, cómete los garbanzos, las matemáticas son necesarias para la vida diaria, ten buena letra, ¿cuánto es nueve por cinco?, aprende inglés, no bebas, haz deporte, no fumes, esfuérzate por subir esa media, sacrifica tu ocio, estudia día a día, ayúdanos en casa, valora el esfuerzo de tus padres, ten cuidado con el sexo, piensa en los que no han podido llegar hasta aquí, elige una carrera que tenga salidas y te guste, escoge una ciudad -la ciudad-, resuelve toda esa absurda burocracia, crece, ve a la Universidad. 

Lee más, piensa mejor, habla, escucha música de la que no puedas avergonzarte, fórmate, mantente a la altura, estás en un sitio serio, "esto no es el instituto" (imprescindible cierto tono despectivo), asiste a conferencias, ten interés, te verás recompensado, esfuérzate en coger apuntes, no estudies de memoria, participa en clase, expón tus fundamentadas opiniones, cuestiónalo todo, es tu futuro, saldrás de aquí preparado, no vale con vomitar la teoría en el examen, compara, analiza, reflexiona, sé universitario.

"En la universidad son más guapos", decía mi madre. Y ésa era la más pequeñas de las mentiras. Desde hace unos años, como si ella también se hubiera dado cuenta del engaño, no se atreve a repetirlo.


martes, 29 de enero de 2013

Y hacerle el boca a boca a tus indecisiones.

Aunque este invierno no sea
el invierno que soñé para nosotros
-y no hablo de faltas 
ni de lágrimas
sino del mal gusto meteorológico
de este enero insaciable-,
sí son esas las manos
a las que quiero huir
después de todos mis naufragios. 

Aunque le falten horas 
al reloj de tu cocina
y te encrespes como un gato
entre pitarras, café y galletas
cuando te sorprende el sol,
no tengo alternativa:
o nuestras pequeñas complicidades
-también las matinales-
o la ruina.

Aunque seamos incapaces
de contar hasta cinco
y no me tomes en serio
si son más de las doce
(por eso me estoy dando prisa)
no imagino un final más dulce
que saltar desde mi ayer
a tu mañana
y hacerle el boca a boca
a tus indecisiones.

Me trajiste el amor hasta los labios
y señalaste el verano sobre el mapa.
Es aquí, dijiste.
Supongo que pude ver en tus ojos 
que se estaba acabando la soledad
- de mi pecho se bajaba
un hombre gris con gabardina.

Marwan

martes, 1 de enero de 2013

Tenemos memoria, tenemos amigos, tenemos los trenes, la risa, los bares.

Cómo resistirse a hacer balance de otro año par cuando me veo, doce meses después, con más kilómetros en la maleta que memoria y fotografías. Comenzó 2012 sin pretensión de inolvidable y el serlo más se debe a adversidades que a buenas historias que merezcan ser contadas. Pero yo también sé jugarme la boca y al final, además, siempre gano. 
Mi memoria selectiva casi ha pasado por alto los crímenes perfectos que cometí, las tormentas que nos cobijaron alguna que otra madrugada, los planes que fueron papel mojado, las vidas que se estrellaron contra el asfalto y las que se van consumiendo junto a mis dudas, las sombras del cuento que nos contaron, lo oscuro de aquella calle sin salida, las páginas que leí sin empaparme, la calculada ausencia de lo prohibido y el tiempo perdido en tierra de nadie. Ha olvidado, incluso, quién fui. Y, como no acierta a comprender quién soy ahora, me estoy aprovechando. 
En el hueco inmenso que va a dejar todo eso de cuyo nombre estoy empezando a olvidarme pienso guardar para ese ya lejano 2012 un sinfín de buenos ratos que han calado tan hondo que no pueden hacerle sombra ni el doble de contratiempos. Para este año que empieza no es mucho lo que tengo planeado, nunca acierto, no me van los propósitos transitorios, sólo le pongo una condición: que no me falte nada, ni siquiera obstáculos que me recuerden que estoy viva; que tenga siempre billetes de tren y ganas, un buen libro y alguien con quien sentarme a mirar ese rincón del mundo que aún no conocemos; que haya poesía en la mesilla y en el día a día, compañeros de viaje tan incondicionales como hasta ahora, una voz amiga capaz de censurarme, nublados atardeceres de película y películas que nos iluminen; que existan para nosotros utópicas ciudades que inventar desde esa otra a la que tanto debo y no perdamos la ilusión que requieren todos los proyectos ni el color del que se han teñido mis tardes de domingo.



Tenemos naufragios soñados en playas
de islotes sin nombre ni ley ni rutina,
tenemos heridas, tenemos medallas,
laureles de gloria, coronas de espinas.

Tenemos caprichos, muñecas hinchables,
ángeles caídos, barquitos de vela,
pobre exquisitos, ricos miserables,
ratoncitos Pérez, dolores de muelas.

Tenemos proyectos que se marchitaron,
crímenes perfectos que no cometimos,
retratos de novias que nos olvidaron,
y un alma en oferta que nunca vendimos.

Tenemos poetas, colgados, canallas,
Quijotes y Sanchos, Babel y Sodoma,
abuelos que siempre ganaban batallas,
caminos que nunca siempre llevaban a Roma.



Más de cien mentiras - J. Sabina