domingo, 16 de octubre de 2011

"Soy del color de tu porvenir", me dijo el hombre del traje gris.

Esta insidiosa frontera convenida nos recuerda, impía y desalmada, que somos sólo nosotros responsables de un sinfín de crónicos límites y limitaciones. Que este clan de traidores por el que nos movemos dejando pasar la vida tiene más deudas con la tierra que entre sí -y ya es difícil. Que, seguramente fruto de alguna ley divina y, por tanto, más que fiable; nos sabemos señores de todo cuanto podemos ver. Y, como intuición y agudeza sólo faltan si hablamos de altruismo; también nos sabemos dueños de todo aquello que no vimos, ni vemos ni, mucho me temo, tampoco vamos a ver. Nuestra escala de valores provocaría, cuando menos, dolor de estómago y un par de carcajadas a aquellos que, por obra y gracia de Mercator, viven más abajo. Y no sólo en los mapas. Porque el ser humano, ese conglomerado de sobresaliente genética y alta dosis de suerte, dejó paso a una nueva rama de la especie. Los que confiamos en poder comer hasta la saciedad y nos permitimos el lujo de castigar nuestra gula; los que conocemos lugares con los que nuestros abuelos siquiera soñaron; los que vivimos de prestado creyendo que aún nos deben algo; los que reivindicamos derechos sin hacer bien los deberes; los diferentes; todos los que, hipócritas, proclamamos estar al margen de esta mierda.



No habrá revolución, es el fin de la utopía
que viva la bisutería.
Y uno no sabe si reír o si llorar
viendo a Trotsky en Wall Street fumar la pipa de la paz.

El muro de Berlín - Joaquín Sabina

miércoles, 5 de octubre de 2011

Después de tanto tiempo me harté de esperarte y se cayó el letrero.

El título endiablado de las victorias pasadas y un par de madrugadas sin aval ni recibo nos devuelven, cada vez más a deshora, secuelas de alguna que otra infamia por la que nadie apostó. Quizá fallamos cuando, sin alianzas ni convenios de por medio, decidimos alquilarnos por un módico precio, usarnos, destrozarnos, devolvernos y olvidar la dirección. Puede ser, también, que guardar la copia de la llave del trastero que me facilita el sueño y te acerca a todo esto que nunca llevará tu firma sea el peor de los remedios. O la más grata de las enfermedades.

No quiero creer que llegará el día en que descubran cómo funciona este sucio e indómito engranaje que más tarde que pronto nos mezcla entre dientes y piñones y nos transmite una fuerza inusitada. No dejo de aceptar que tú y yo jamás querremos entender el mecanismo, que preferimos la comodidad de la distancia congénita o que descartamos hace tiempo desafiar lo inapelable. Que no sabemos dónde estamos pero sí dónde no vamos a estar, que no pensamos jugarnos ni los restos por un destino tan común como ficticio. 



Puede que todo siga igual.
También puede que no sea así
y encuentres el mercurio
de mi voz empapando tu contestador,
y florezcan los olivos en el valle de Hebrón.
Puede que te queme el hielo,
o la luz del televisor.
Una posibilidad existe
de que amanezcas conmigo
y los cañones se oxiden.

Principio de incertidumbre - Ismael Serrano