domingo, 22 de abril de 2012

Nuestra falta de cabeza es peor que la pobreza.

Será que sigo enredándome en los hilos que unos cuantos dejaron olvidados de su ventana a la mía, como borrando las huellas de caminos que ya nadie va a recorrer o que sólo van a seguir latiendo en mis inoportunos retornos voluntarios. Será, tal vez, que no es tiempo de esperar en los recodos antes estudiados al milímetro por cuerpos en busca de abrigo; porque ya no hay cuerpos, aunque sigue haciendo frío. Los valientes eligieron hace siglos el camino angosto, los locos que quisimos intentarlo una vez más perdimos por necios la perspectiva. Somos carne de cañón, un blanco fácil para desalmados ávidos de renombre, el envoltorio contaminante de lo que anhelan los mismos que un día quisieron seducirnos con promesas de infinitud. Mientras la vida sigue, tópico, ahí fuera; existe todavía un pequeño club que jamás se da cita ni comparte ideas descabelladas, pero que sabe que la dignidad es la única alternativa a tanta inmundicia. Unos pocos desorientados a fuerza de mapas e instrucciones que hace tiempo decidieron ponerse el mundo por montera y echar a andar sin más compañía que la certeza de no querer claudicar, sin más pretensión que vivir al margen de dictados con sabor a Monopoly. Pero la realidad es imparable, engancha, y es complicado deshacerse del prospecto; pues el efecto más perjudicial de este preparado concentrado a base de consumo, jolgorio y tarea es que anula por completo la esperanza.


Machacamos nuestros cuerpos prietos por un sueño de cartón.
Mírame, soy feliz, tu juego me ha dejado así.
Disfrazar, seducir, ponerme guapo para ti.

No sé dónde quedó el rumor que nos vio nacer,
pagó la jaula al domador.

Un día en el mundo - Vetusta Morla

miércoles, 11 de abril de 2012

Y necesito, al menos, una noche entera para poner al día mis cicatrices.

No habíamos dejado un solo día de recordarnos que si seguíamos ahí, al pie del cañón, era por pura casualidad. Que, como nosotros, cientos de miles ya capitularon a cambio de algún parco cuento a corto plazo. Que no concebíamos mayor desacierto. Y sin embargo se me antojaba imposible olvidar esa presión en el pecho, ese vértigo en el umbral del futuro que esta vez había dado de lleno contra un presente que a duras penas podía firmar con mi sangre. Quizás hubiésemos pasado por alto todos esos altibajos de los que salir a gatas o por la puerta grande, o incluso de ambas formas, pues hay quien dice que no son incompatibles. Puede ser, también, que hubiésemos olvidado dejar herencia alguna a aquellos que algún día se lanzarán a este mar de vamosadarnostodoaquelloquenonosvaahacerfalta. El caso era que no había cómo escabullirse, que aquí y ahora, como tantas otras veces, sonaban a prestado; que echábamos de menos superfluos vicios y virtudes, de esos que odias cuando sobran -tal vez como pasa con todo- y por los que, en cambio, serías capaz de exiliarte a las antípodas.


Déjame solo conmigo,
con el íntimo enemigo que malvive de pensión en mi corazón:
el receloso, el fugitivo, el más oscuro de los dos, 
el pariente pobre de la duda, 
el que nunca se desnuda, si no me desnudo yo, 
el caprichoso, el orgulloso, el otro, el cómplice, el traidor.

Corre, dijo la tortuga  - Joaquín Sabina