martes, 11 de marzo de 2014

Adónde iba cuando desperté y no me encontré solo.

Como si apenas hubieran transcurrido unas semanas:
veo pasar las primeras risas, los amigos,
aquellas cervezas que compartimos en un parque
repasando de memoria la primera declinación.
Pasan despacio los que un día se fueron
como si quisiera aprovechar al máximo su compañía.
Y me olvido de los que se quedaron porque no se atrevieron a elegir.
Se me antoja concentrar en una tarde
todas las tartas de chocolate hechas a destiempo,
todas las velas derretidas, todas las fotos,
todos los te llamaré, algún te amaré suicida.
Y me parece que en una sola noche
volvimos de madrugada a todas las casas
que han sido mi casa estos años.
¿No fue aquel día en que vibramos delante de un escenario
el mismo que ese otro de museo, Retiro y autobús?
Cuántas veces, inocente, creí
que más de cuarenta meses separaban
aquel inocuo septiembre de esta primavera precoz y merecida.

Ay el tiempo! Ya todo se comprende.






jueves, 30 de enero de 2014

Ahora sí. Pueden alzarse las gentiles palabras -esas que ya no dicen cosas.

Entre todo lo que he leído, que supone una cifra ínfima al lado de mis expectativas y, sobre todo, una dosis minúscula ante las puertas -siempre a las puertas- del porvenir; colándose entre libros ya consagrados y otros que bien hubieran podido venderse al peso y cerrarse para siempre, tengo un grupo privilegiado.

Privilegiado, precisamente, porque ya no me pertenece: son colonia exclusiva de los días que compartimos. Sólo en cada una de esa suerte de islas temporales en las que habité tuvieron sentido sus páginas: no soy hoy la que escuchó los primeros capítulos de Platero y yo, leídos con una pasión que no comprendí, allá por el 2002; como no reconozco ya a quien alucinaba con Roald Dahl y, poco después, leía Del amor y otros demonios. Igual que me parece mentira ser aquella chica enfrascada en El túnel o intentando desmenuzar los versos de Juan Luis Panero, que cayeron en mis manos, para quedarse, de una forma que no acierto a recordar. 

Y, sin embargo, cuando me atrevo a releer algunas de esas viejas palabras soy incapaz de seguir el hilo de la historia; ni siquiera puedo contar las sílabas de un verso sin que me asalten las sensaciones de aquella primera lectura, obligándome a renunciar al texto y a dejarme llevar por ese camino que no tiene tanto de nostálgico como de feliz.

Y aún hay, en medio de ese grupo privilegiado, un caso curioso. Comencé a leer con asiduidad el blog "Y al final... canciones tristes" (http://exiliateconmigo.blogspot.com.es/) poco después de que comenzara su andadura, calculo que hace ya diez años. Como entonces mi contacto con Internet era bastante limitado, iba guardando cada texto que regalaba su autor; del que sólo sé, y me basta, que se llama Dani. Así, al cabo de un par de años, tenía en el ordenador más de setenta, que podía leer y releer sin tener que encender el router, esperar a que se iniciara la conexión y renunciar a recibir llamadas telefónicas mientras durara la aventura.
Luego, la actividad del blog decayó y no fue nunca tan prolífica como aquellos primeros meses. Con el tiempo, atrevida, yo también quise escribir en la red. 
Hoy, apenas nacen tres o cuatro entradas por año en "Y al final... canciones tristes". Pero, cuando ocurre, y aunque he leído blogs que me han cautivado y cuya calidad superior no discuto, no puedo evitar una sensación casi de alivio. El alivio de la continuidad
Como si el autor del poema que empecé hace una década siguiera, a la manera de Juan Marsé, corrigiéndolo, adaptándolo a quien soy este jueves treinta; a esa que se empeña en no tener nada que ver con la que hace años recitaba de memoria la entrada de un blog cualquiera:


Pocas veces, sin embargo, comprendo que te quiero todavía
y que no elijo más que la forma de rendirte
el póstumo homenaje del recuerdo
después de los balazos de la vida.

domingo, 13 de octubre de 2013

La vida nos acorta la vista y nos alarga la mirada.

He tocado con un dedo 
la esquina izquierda del futuro
sólo para que no me olvide.
No para que me espere, no;
odio que me esperen.
La he tocado para poder seguir esperando.
Para escribir todos los días unas líneas 
de las que no avergonzarme
cuando en la próxima estación
-antes del andén,
mucho antes del olor a despedida
y aun antes del frenado de emergencia-
se lancen los viajeros a la vía.
Para no extrañar sus voces
cuando encuentre sus maletas.
Para pasar por alto
que no se despidieron.
Para que, en definitiva,
piensen que no me di cuenta.
Por eso he elegido con cuidado
qué mano había de tocar el porvenir.
 He meditado en exceso
cuántos dedos tenían que consolarse
con acariciar el pasado.
Y cuántos serían necesarios
para sostenerme en el presente
antes de que llegue el invierno.
Ahora voy a poner en marcha
mi plan.
Mi plan, que sólo tiene un objetivo:
no volver
a ser necesario
nunca.


A veces me parece
que estamos en el centro
de la fiesta
sin embargo
en el centro de la fiesta
no hay nadie
En el centro de la fiesta
está el vacío
Pero en el centro del vacío
hay otra fiesta.

A veces me parece - Roberto Juarroz

jueves, 18 de julio de 2013

Confundí con estrellas las luces de neón.

Te he buscado tanto
que ya no existes,
como no existen las coordenadas,
el norte, el eje de tu mundo
cruzándose en mi vida.
Te he pensado tanto
por no soñar contigo
que no sé si un día estuviste
o si todo es culpa
de mi nostalgia insomne.
Te he olvidado tanto
que el deseo parece
un horizonte en llamas:
lejano, ardiente, imposible.
Te he escrito tanto
por no gritar tu nombre
que no puedo jurar
que no te inventara
para salvarme.
Te he extrañado tanto
que inventé los límites
a falta de culpas
en las que refugiarte.

En la vida de cualquier persona
se suceden casi siempre dos tragedias
que ya he vivido: la falta de amor
y el exceso de amor.

Beatriz y los cuerpos celestes

lunes, 10 de junio de 2013

En Comala comprendí.

Me resistía.
Yo creía en la resistencia, en una resistencia pacífica, casi piadosa, con la que sostenerme. Creía también en otras resistencias, pero ésta no es la historia de mis convencimientos. Es la de mis principios, la de mis finales y la de todo lo que recogí en el hondo foso que separaba ambos extremos; porque, como dice J. L. Panero, aquí tuve todo y no tuve nada.
Hoy no recojo los muchos trastos que atiborran mi habitación de dos por cuatro, pero intento poner orden. Hacía semanas que no me paraba a imaginarte, a pensaros, a olvidarme. Hacía meses que no se me erizaba la piel al repasar viejos papeles y colgar de la silla una bolsa para el contenedor azul. Ha sido un curso raro. Y yo tengo una inexcusable tendencia a amar lo excéntrico.
Cuando se enciendan las luces, cuando suene la canción de aquella película que al final no vimos, cuando amarilleen las fotos de un insólito comienzo; sé que no quedará ni la mitad de lo que me propuse. Supongo que es difícil sobrevivir al fin de fiesta, que a todos nos duele la resaca -y no en forma de jaqueca-, que para lo cómodo siempre hay aliados. Y que no son esos pseudo-incondicionales de los que quiero acordarme cuando me sobren distancias y se difuminen los límites entre lo que fue y lo que nunca ocurrió.
Que me basta con lo puesto porque, pese a todas las "pérdidas", tras alguna vulgar deserción y por encima de las renuncias voluntarias, me llevo mucho más de lo que traje.
Al fin y al cabo, no puedo firmar este epílogo con nostalgia y orgullo; pero sí con la satisfacción de quien se erige entre las ruinas y está dispuesto a volver a construir sin pasar por alto las reliquias del viejo edificio, de aquél que sabe que ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo, de ese personaje tan secundario como intrépido, que no sabe adónde va y, sin embargo, tiene claro adónde no va a ir.


La vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.
Gil de Biedma

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Solo es humo su recuerdo entre latas de cerveza, la tristeza es infinita en sus ojos de gacela.

Lo admito, me resisto a abandonarnos. He vuelto -quizá nunca dejé de hacerlo- a buscar ansiosa tus huellas, que son surcos en mi suerte, como busqué tus brazos y esquivé tus certezas cuando aún era posible. Estoy diseñando, a base de errores, una táctica infalible capaz de vencer recuerdos indolentes; recuerdos entre los que te encuentro si me dejo sobornar por tristezas que hoy quieren ser mías. Abordo a desconocidos, les cuento, por ejemplo, que un día decretamos la paz y fue mentira, que quisimos poner nombre a todo lo que no estaba inventado; que tú decías que también en eso fracasamos. Pero que yo no me lo creo. Enumero ante ellos cientos de motivos, no soporto que piensen que sólo había una opción y que era ésta. Les aseguro que en todas las paradas de autobuses he escrito tu nombre al revés, porque me gusta así, porque parece el de un medicamento. Y preguntan que si quiero recetarte a todo el mundo; y no saben que no van a encontrarte como yo. He escrito noventa y dos cartas sin remite ni culpa a tu antigua dirección: una por cada domingo sin tu risa como única recompensa. No entienden que yo sólo te encontré, que no quise buscarte. Tampoco perderte. Y les miento continuamente. Proclamo que ya no te extraño. Y les prometo que no existes. Pero a mí se me olvida creerlo.


Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Otras veces - Ángel González

domingo, 16 de octubre de 2011

"Soy del color de tu porvenir", me dijo el hombre del traje gris.

Esta insidiosa frontera convenida nos recuerda, impía y desalmada, que somos sólo nosotros responsables de un sinfín de crónicos límites y limitaciones. Que este clan de traidores por el que nos movemos dejando pasar la vida tiene más deudas con la tierra que entre sí -y ya es difícil. Que, seguramente fruto de alguna ley divina y, por tanto, más que fiable; nos sabemos señores de todo cuanto podemos ver. Y, como intuición y agudeza sólo faltan si hablamos de altruismo; también nos sabemos dueños de todo aquello que no vimos, ni vemos ni, mucho me temo, tampoco vamos a ver. Nuestra escala de valores provocaría, cuando menos, dolor de estómago y un par de carcajadas a aquellos que, por obra y gracia de Mercator, viven más abajo. Y no sólo en los mapas. Porque el ser humano, ese conglomerado de sobresaliente genética y alta dosis de suerte, dejó paso a una nueva rama de la especie. Los que confiamos en poder comer hasta la saciedad y nos permitimos el lujo de castigar nuestra gula; los que conocemos lugares con los que nuestros abuelos siquiera soñaron; los que vivimos de prestado creyendo que aún nos deben algo; los que reivindicamos derechos sin hacer bien los deberes; los diferentes; todos los que, hipócritas, proclamamos estar al margen de esta mierda.



No habrá revolución, es el fin de la utopía
que viva la bisutería.
Y uno no sabe si reír o si llorar
viendo a Trotsky en Wall Street fumar la pipa de la paz.

El muro de Berlín - Joaquín Sabina