miércoles, 30 de octubre de 2013

Y, sin embargo, esta ciudad es mía, pertenece a mi vida como un puerto a sus barcos.

Pero a menudo tengo la sensación de que preferiría recordarla con cuatro o cinco fotos tomadas por cualquiera, asépticas, de las que sólo pueda decir por aquí pasaba yo los martes o nunca me pareció tan alta aquella torre. Recordar la ciudad, pensar en ella siendo fiel al diccionario: conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, bla, bla bla. Empezar mañana y, si surge, tan sólo mencionar que estuve allí. No entrar en debates ni en sensiblerías. Olvidar los nombres de las calles o, mejor, olvidar todas las veces que una de esas calles fue parte ineludible de un hito en la historia de mi corta, corriente y acostumbrada vida. Insisto, exagero: podría ponerme a ello en cuanto deje de verter aquí todo lo que a ningún ciudadano le digo. 
Recordar un par de restaurantes con menú y una zona con buen aparcamiento, memorizar varias paradas de alguna línea de autobús y no perder el teléfono del taxi; es probable que alguien me pida consejo si decide venir a visitar esta ciudad tan común como admirable. Desconocer los atajos, los invernaderos y los rincones resguardados del frío. Olvidar la librería de segunda mano, las casas de los amigos. Abandonar la plaza donde una vez salimos a flote mientras otros muchos emergían en otras muchas plazas de otras muchas ciudades corrientes. Ignorar que existe un lugar elevado desde el que imaginar la historia de algún habitante excéntrico. Hacer como que no somos excéntricos nosotros. 
Lo repito, aun a riesgo de resultar incómodo: comenzaría a deshabitar mi memoria antes de medianoche. Primero los horarios y los precios -siempre abusé de mi capacidad para el recuerdo-, enseguida los teléfonos y las direcciones: retenerlos más de lo estrictamente necesario sería tentar a la suerte. Después vendrían los rostros de tercera, luego los de segunda y así sucesivamente. Luego las escenas que aún evoco y que analizo como si aquéllo no fuera conmigo, como si no hubiera mejor ciclo de cine que verme crecer de punta a punta del plano. A continuación todas esas cosas (¿sólo cosas?) a las que, en su momento, no supe darles la importancia que tenían. Entre olvido y olvido anunciado, supongo que irán cayendo en saco roto mis fallos y mis aciertos y, en definitiva, lo que se escapó de mi vida para colarse en la vida de los que se han cruzado conmigo a lo largo y ancho de estos años y estas calles. Por fín llegará la última fase, el día D, la línea de meta: de repente, me levantaré un día sin que vengan a mí las sensaciones que la ciudad me regaló con más o menos acierto. 
Con los años, supongo, desarrollaré lo que yo llamo una emoción coraza: de tanto olvidar me habré visto obligada a inventar una historia que nunca viví, una feliz y coherente, con lugares íntimos, con fotos dignas de ser expuestas en cualquier salón. Una historia cuyos personajes me acompañen de principio a fin y no cambien de rostro para confundirme.

así la realidad
sin puntos y sin comas
hecha piel y mezclada
por el tiempo en el fondo de los ojos
 
los alcoholes nocturnos
la historia que comprendo
lo que nunca comprendo de la historia
 
La realidad - Luis García Montero
 

1 comentario:

  1. es curioso, como sin conocerte, te echaba de menos.


    la vida te dará toda la felicidad que te mereces.

    :)

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