jueves, 18 de abril de 2013

Me fui, sin despertarle, de puntillas.

Para comprender que habíamos existido no sólo tuve que nadar contracorriente: me estrellé un par de veces contra la certeza -la distinguirás porque es el material más duro entre los escombros de la pasión-, mordí otras tantas el polvo -ése- que nunca echamos, me aprendí de memoria tu dirección, tu teléfono y hasta el estribillo de aquella canción que siempre sonó a destiempo y aún pude atrasar los relojes y llegar tarde a la última cita. Tú -tú siempre por delante- no apareciste nunca.

Luego los años pasaron como de puntillas. Yo no volví a tropezar y supongo que tú, a tu manera, tampoco. Intenté no pensar mucho en ello: si olía tu colonia, fingía náuseas; si amanecía soñando con aquel invierno, sólo quería pensar en mar; si veía tu foto entre mis folios, corría a hacer otra cosa aparentando una urgencia desmedida -tan desconocida para mí como tus ojos de papel y de carné.

Y no es que ahora sea inmune. En todos los lugares te encuentro y en ninguno me encuentro a mí. Huyo aleatoriamente, tan deprisa, tan sin rumbo y con tantos planes como aquella noche tan obvia. 

Y a veces te echo de menos.


Tú haz como si me conociertas,
yo fingiré que me conoces.

El monstruo del armario - Luis Ramiro


2 comentarios:

  1. ¡Genial! Como siempre.
    pd: muy "Ciudad del viento", muy tuyo ;)

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  2. "mordí otras tantas el polvo -ése- que nunca echamos". Me encanta ese giro semántico. Muy creativo.
    Enhorabuena, como siempre.

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