miércoles, 24 de abril de 2013

El mañana nos devolverá dardos certeros y verdades incómodas.

Dice una canción que somos el reflejo de aquello que quisimos ser
Y es cierto. Inevitablemente cierto. 

Yo quise ser tantas cosas que, pensándolo bien, es normal que ahora no acierte a dibujarme entre tanto esbozo. Restos a lápiz de viejos sueños de altos vuelos, alguna línea torcida a carboncillo de promesas que no llegaron o lo hicieron a deshora, ceras de colores que rozaron este cuaderno ojeroso y quebradizo, cientos de figuras ya difusas, otras que todavía no se han marchado y unas pocas que -¿quién sabe?- dicen que van a quedarse. 
Aleatoriamente repartidas, además, con trazo grueso y buena letra, aún leo palabras que elegí por su música y que el tiempo no ha podido condenar: imperdible, libélula, nunca, papiroflexia, contigo, nenúfar, parafernalia, caricia, pusilánime, amnistía. También la melodía me empujó al lado de quiénes creí al compás y me hizo rechazar las notas que dejaron de rimar. Y, por cómo suena esta canción, es posible que me equivocara. 

Pero el viaje continúa. Mañana no seremos más que la borrosa huella de lo que hoy convertimos en verdad: ¿sobre qué escribiré dentro de dos inviernos?, ¿de cuántas manos no me habré soltado todavía?, ¿cuáles serán los sueños imposibles de un futuro hoy improbable?

Aquella canción, por cierto, seguía: aunque por fuera todo cambie, al final seguiremos siendo eternos.  



jueves, 18 de abril de 2013

Me fui, sin despertarle, de puntillas.

Para comprender que habíamos existido no sólo tuve que nadar contracorriente: me estrellé un par de veces contra la certeza -la distinguirás porque es el material más duro entre los escombros de la pasión-, mordí otras tantas el polvo -ése- que nunca echamos, me aprendí de memoria tu dirección, tu teléfono y hasta el estribillo de aquella canción que siempre sonó a destiempo y aún pude atrasar los relojes y llegar tarde a la última cita. Tú -tú siempre por delante- no apareciste nunca.

Luego los años pasaron como de puntillas. Yo no volví a tropezar y supongo que tú, a tu manera, tampoco. Intenté no pensar mucho en ello: si olía tu colonia, fingía náuseas; si amanecía soñando con aquel invierno, sólo quería pensar en mar; si veía tu foto entre mis folios, corría a hacer otra cosa aparentando una urgencia desmedida -tan desconocida para mí como tus ojos de papel y de carné.

Y no es que ahora sea inmune. En todos los lugares te encuentro y en ninguno me encuentro a mí. Huyo aleatoriamente, tan deprisa, tan sin rumbo y con tantos planes como aquella noche tan obvia. 

Y a veces te echo de menos.


Tú haz como si me conociertas,
yo fingiré que me conoces.

El monstruo del armario - Luis Ramiro


martes, 16 de abril de 2013

Los argumentos de mis sueños escasos y prudentes.

Aprendí a tragar fuego
manteniendo el equilibrio
en la cuerda que separa
mi piel de tu verdad.

Hice llover en tus pies
los restos de un poema
que aún no habían escrito
pero tú imaginabas.

Me deslicé en silencio
entre las abisales dudas
que jurabas no tener
y me entregué.

Supe que había deberes
que sólo yo eludiría,
promesas que nadie más
podría incumplir.

Desistí, era diciembre,
entre excusas y olvidos
y no grité tanto de rabia
como de placer.

Porque siempre me gustó
naufragar en la orilla
de la mansa isla
de nuestros deslices;
delatarme, matarnos, desearte
literal y ansiadamente
desde estas líneas
que ya no son mías
y que te pertenecen
a ti
menos que a cualquiera.



Y hoy publico porque Marina Miau (http://fantasiaindefinida.blogspot.com.es/) dice que echa de menos que escriba, y yo no puedo fallarle a alguien que asegura que

Escribir
como amar
es atreverse a saltar
al vacío.