domingo, 23 de septiembre de 2012

Faut-il qu’on soit seul sur terre?

Un niño en la calle grita que ha empezado a llover. No sabe cuántas estaciones más han comenzado esta mañana. Como dice un buen amigo, cuando se vuelve de un punto de no retorno uno comprende muchas cosas: comprende, por ejemplo, que es mejor no dejar rastro en el camino o que preparar el equipaje nada tiene que ver con maletas, que la poesía no está en un poema, que el agua borra y arrastra, pero que da vida. Un niño grita, una mujer enfadada se asoma a la ventana y llama a su marido. Está lloviendo y vamos a celebrarlo, quizás no sea casualidad. Yo los miro con cuidado y con melancolía, porque es domingo. Estoy mojándome los pies pero no corro a casa porque tengo miedo de encontrarte en el último rincón sin conquistar. Voy a quedarme aquí hasta que pase la tormenta, quieto y en silencio, dispuesto a ser espectador de los abrazos de una pareja de desconocidos. Después no volverás a verme. Diseñé una técnica perfecta, ya lo sabes. Es mi mejor arma. No soy fuerte pero todavía puedo actuar ante cientos de veraneantes muertos. Me gustan la ciudad y los kilómetros, odio hablar por teléfono, quiero tatuarme en la nuca los restos de un agónico sueño rojo, nunca se me dieron bien las ceremonias, siempre tengo las manos frías y nadie ha dicho que sea yo la que te escribe.




Me decías: "lo que media 
entre tú y tu soledad 
es un trecho que no puedo abarcar"