domingo, 28 de agosto de 2011

Si mis ambigüedades electivas no te hubiesen tenido como saldo de afirmación o excusa.

Te contaría cómo transcurre este fútil sucedáneo de lo que otros llaman vida, cómo nos movemos en círculos cada vez más estrechos; cada vez más distantes. Te diría cuánto estoy dispuesta a dar por no tener que exhibirme mañana ante esta realidad siempre al acecho o cuánto cobran los anhelos de aquellos por parecer un rato propios. Intentaría explicarte, abusando de expresiones y desaires, que vendrá el otoño, que nos curará el verano y que serán de plomo los kilómetros; que nos helarán las ganas y no encontraremos el camino.

Además, te exigiría el pago de un par de cuentas pendientes: extrañarnos, encontrarnos, abrazarnos bajo el reloj a deshora de algún andén intolerante. Echaríamos a cara o cruz la culpa y la resistencia. Nos serviría de abrigo cualquier fraude a dos tiempos. Viviríamos a caballo entre mi realidad y tu certeza, allí donde nunca he podido mirarte a los ojos. Si fuera posible, también trataríamos de curarnos hematomas recientes nacidos de alguna noche imprecisa. Incluso, rebosando ya en el vaso la cordura, querríamos borrar cicatrices veteranas; la única prueba legítima de que no todo pasa porque sí ni tiene tampoco motivación lógica alguna.

Y, conociéndonos, habríamos viajado ya a Hong Kong sin movernos del sofá y estaríamos dispuestos a volar en parapente hasta Baviera. Nos sonreiríamos con la misma afinidad que muere los lunes a la hora de la cena. Nos dejaríamos tres líneas en sucio pegadas a la nevera, resoplaríamos cuando nos tocase tirar la basura. Maldeciríamos las tardes de domingo con esta razón sin fundamento que nos mata.

Recordaríamos al mundo cuánto nos dejó a deber aquella noche. Ignoraríamos su silencio cabal: el de las largas mañanas de agosto. Nos quejaríamos tan fuerte que abortaríamos el mejor de nuestros planes y nos estremecería el recuerdo crepuscular de los veranos en desuso; sin más aliciente que el extraño cosquilleo entusiasta que aún me sorprende con relativa frecuencia.



Nunca pisa la batalla tanto ruido de guerreros,
traen de sus almenas la paz de los cementerios.
Háblame de tus abrazos, de nuestro amor imperfecto,
de la luz de tu utopía, que tu voz tape este estruendo.


Si se callase el ruido - Ismael Serrano

3 comentarios:

  1. http://www.goear.com/listen/71aea4c/mcenroe-islandia

    Algo así me pareció.

    ResponderEliminar
  2. Me alegro de haberme topado con tu blog :)

    ResponderEliminar
  3. Sin duda leerte es uno de los mejores remedios para este verano tan decrépito.
    (si, tardé casi 2 días en pensar el comentario adecuado, no me pidas más que estoy a medio gas jajaja)
    P.O.B
    (que te quiere y admira a partes iguales)

    ResponderEliminar