lunes, 11 de julio de 2011

La lluvia, que no corta, pero oxida los filos de una espada, cayó también sobre el pasado.

Es cierto, al final sólo recuerdas lo que quieres; sí, lo que quieres. Aunque lo anheles inconscientemente. Yo sé que he aprendido muchas cosas, como el abecedario del revés por no cortar cabezas o la certeza de que no me sienta bien la lluvia, que lo que un día crees eterno al otro es puro fuego y quema, que la vida es muy puta o que nunca se me dieron bien las despedidas.

También admito que mi fetichismo por la huida es algo más que una manía pasajera, que más bien podría reconocer persecutoria; y que me encanta. Incluso me he acostumbrado a gritar desde el acantilado todos los nombres que quiero que me sobren y nunca me dan el gusto.
He aprendido, además, que dormir no es siempre fácil, que no me gustan las vacaciones, que las palabras son balas queda fuera del saco de frases vacías, que me robas algo más que tiempo o que puedo extrañar historias de las que ni siquiera fui partícipe.
Entre mis nuevas adquisiciones está el miedo taciturno, lúgubre, tristón; ése que me produce la nostalgia que no siento o el trueque al que tengo pensado jugarme hasta el último pesar. Eso sí, no espero que lo entiendan.
Claro está, no todo iban a ser desastres: un día descubrí que era real esa otra orilla que soñaba, que mis tediosos soliloquios no estaban exentos de un particular eco que ahora busco con afán, casi con desesperación. Y que, bien que me pese, apenas encuentro.

Por si no sobraran cuatro o cinco líneas, he de confesar que ya no duermo en ese mullido jergón cuidadosamente construido con toneladas de papeles que, aseguran, contienen un ayer tan bucólico, tan idílico, que más parece digno de Walt Disney. Ahora me he tirado a las calles, literalmente; prefiero la austeridad, la compostura, la honradez de cartones en blanco sin intención alguna de contarme batallitas. Es duro, ¿no creen?. Un día te despiertas con la casa por la ventana y el tiempo patas arriba, con un bono de diez mil viajes de ida a cualquier ciudad extraña o la vida reivindicando un mínimo de cortesía y aún les parece extraño que haya lanzado las naves a un mar de gasolina y tenga prendida la mecha.


Conmigo vas, porque me buscas
en la luz descosida de tus atardeceres,
y sin cerrar los ojos
abro en cada regreso mi equipaje,
mi colección de fugas, 
que corren por el mundo.

Ciudad nativa - Luis García Montero

2 comentarios:

  1. Huir a veces es lo más sensato y valiente, y más cuando la ciudad de deja hacer y hay algún amigo que se presta a compartir tanta melancolía.

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