sábado, 23 de julio de 2011

Cada vez que me muero nos entierran a los dos.

Puedo intentarle a tus pasos unas líneas deshilachadas cuando juran que es la hora de la siesta o que ya no nos asusta, como diría Panero, la extraña sensatez con que nos mira el diván; aquél donde olvidamos el fajo de billetes falsos que nos permitía sobornarnos cada tarde.
O hacérselo a una palabra, sociopatía, defecto, soledad; soledad que absorbe hasta la última farola y escapa a los únicos cálculos que un día se nos dieron bien: los inexactos, los renales. Pero se deja incluso seducir la estupidez que supone recitar uno a uno tus vicios o reprocharte otro cuaderno vacío fingiendo que nos importa.
Será este absurdo letargo a medio camino entre discurso y oración -que rara vez no son lo mismo-, demasiado extenso, todavía, para servirnos de epitafio.



Yo,
espero que me invites a tu boda
y que te escapes al baño conmigo
a la hora esa en que el novio y los padrinos,
se abrazan diciéndose adiós.
Y si alguien nos encuentra diremos que no.


Te quiero y te odio - Luis Ramiro


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1 comentario:

  1. A algo de esto me han recordado tus líneas:

    "Mira, ya has visto todas mis cosas,
    ya has visto todos mis discos.
    Mira, no hay ningún póster de fashion,
    no hay casi entretenimiento.

    Que prefieres que te olvide en los partidos,
    o que vea esas películas,
    en las que nunca dicen nada.
    Que me pierda con amigos por las noches,
    que te pierda en los supermercados,
    o sorprenderte con mil paseos.

    No te puedo hacer feliz,
    no te sé hacer feliz."

    No te puedo hacer feliz. El chico con la espina en el costado.

    - Y no sé por qué, pero ha sido leerlo y recordarlo.

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