domingo, 8 de mayo de 2011

¿Quién quiere empezar?

Quizá nunca medimos con acierto la intensidad de nuestros desastres particulares. O, tal vez, ellos sólo permiten ser calculados cuando el tiempo y la distancia se interponen y no queda más salida que aceptar la derrota elegida. Creyó que sólo era una tregua, otra de tantas; y yo, cobarde, quemé las naves que tiempo atrás me juré eternas. Pensó que volvería, que ese algo que nunca definimos resistiría un golpe más, otro ataque premeditado de la realidad arrasadora que nos pisaba los talones desde hace ya casi un lustro. Ganó la partida la duda y yo perdí el norte, la meta, las ganas. No sé dónde he puesto los dados. Ya no jugamos al mismo juego ni hay vidas ficticias que compartir.

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