martes, 24 de mayo de 2011

¿Qué les vas a decir a tus hijos cuando pregunten dónde estabas? ¿Viendo la tele?

Ahí estábamos, sintiendo, por una vez, que hacíamos algo verdaderamente útil más allá de horas y horas de estudio de memoria y alguna que otra acción reparadora de conciencias. En silencio gritamos juntos buscando aquella reconfortante mirada que se escapaba del último aplauso, de la última ilusión que compartimos. Nos miraban de lejos, nos traicionaban de cerca, nos criticaban desde arriba, nos envidiaban los mayores -los mismos que tantas veces nos creyeron fracasados-, nos mentían, nos forzaban, pero, no cabe duda, hasta soñaban con nosotros: unos despertaban nerviosos entre sudor y juicios tajantes; otros daban vida a la querencia de aquella historia hoy no tan lejana.



domingo, 8 de mayo de 2011

¿Quién quiere empezar?

Quizá nunca medimos con acierto la intensidad de nuestros desastres particulares. O, tal vez, ellos sólo permiten ser calculados cuando el tiempo y la distancia se interponen y no queda más salida que aceptar la derrota elegida. Creyó que sólo era una tregua, otra de tantas; y yo, cobarde, quemé las naves que tiempo atrás me juré eternas. Pensó que volvería, que ese algo que nunca definimos resistiría un golpe más, otro ataque premeditado de la realidad arrasadora que nos pisaba los talones desde hace ya casi un lustro. Ganó la partida la duda y yo perdí el norte, la meta, las ganas. No sé dónde he puesto los dados. Ya no jugamos al mismo juego ni hay vidas ficticias que compartir.

domingo, 1 de mayo de 2011

Que estoy acorralado y no me quedan tiros, que va siendo hora de despertar

Nos gustan las alturas. Somos tan humanos, tan simples, tan diáfanos, tan lógicos... nos asusta -me asusta- saber cuánto. Pero es sencillo: nos permitimos, por un rato, sentarnos a mirar unos metros más abajo y fingimos que nos calma, quién sabe, quizá el sabernos fuera de juego durante una sola tirada. Observamos con cuidado cómo avanza cada ficha con más o menos suerte, cómo cada cual persigue una meta que resulta al final ser una sola, única, válida para el tramposo y para el que, al menos hoy, parece honrado.
Un capricho curioso, un antojo que creemos inocente; ¿acaso es inocente desoír los gritos del mundo?, ¿lo es ignorar la necesidad que podríamos solventar?, ¿es ingenuo?, ¿no hay razón por la que ajusticiar este constante descuido?, ¿tenemos derecho a reclamar algo nosotros: los mismos que elegimos cerrar bocas mirando desde arriba, los que decidimos poner la tirita sin lavar antes la herida?.


Y me voy con la camisa rota
porque me he hecho una bandera...

Con la camisa rota - Marea